En España no somos pocos pero estamos mal repartidos. Acabamos de batir el récord histórico con 48,3 millones de habitantes y, a la vez, las comunidades de interior que no son Madrid viven el más crudo invierno demográfico provocado por la falta de natalidad y décadas de éxodo. Por eso, la nueva estrategia contra la despoblación de Mañueco es abrir la carrera del dumping demográfico con un cheque de hasta 2.000 euros si los nuevos pobladores vienen de otras regiones con hijos dentro del coche. Repartirnos mejor oye, que hay gente para todos, y esto del dumping pero fiscal lo llevan haciendo desde antiguo País Vasco o Madrid para robarnos empresas. «¡Bien dicho!» Habrán secundado enardecidos en el Consejo de Gobierno al escuchar una propuesta que tiene algunos riesgos.
La descarnada competencia por vecinos inicia una batalla entre gobiernos que profundizará las diferencias entre españoles según el territorio donde hayan decidido vivir. España se esta convirtiendo en una suerte de bazares superpuestos donde regatearle al de al lado los servicios y los derechos. Además la política de cheques (también el bebé o los 200 euros de Sánchez) es tan naif y eficaz como erradicar la pobreza comprando un día un bocadillo al mendigo. Hoy comerá pero mañana seguirá pobre y hambriento. Esta medida es una aplicación malentendida de la fiscalidad diferenciada para el mundo rural que no consiste en dar propinas si no en conseguir, por ejemplo, que emprendedores rurales no paguen los mismos impuestos con una clientela potencial de 500 vecinos que quien abre en la Puerta del Sol. Pero sobre todo incide en un mensaje peligroso. Te compensan por decidir vivir en un pueblo lo que reafirma el manido discurso victimista y de castigo sobre la vida rural. El territorio tiene potencial y recursos pero le faltan inversiones decididas en infraestructuras, servicios y conectividad para lograr competir y sobrevivir. El resto es una España de desiguales al mejor postor.