Como decía Marina Maquieira, temida profesora de Lingüística General en la Universidad de León al amparo de Salvador Gutiérrez, catedrático emérito y académico director del Departamento de Español al Día de la RAE, con las ciencias humanísticas se puede ir al choque y experimentar y debatir lo que se quiera, que no palma nadie. Otra cosa bien distinta sería ejercer de oncólogo desbordado en el Caule, de esos que acumulan dos horas y media de retraso en sus consultas.
Con la tranquilidad de no poder hacer pupa grande es fácil dejarse llevar por la vehemencia a la hora de valorar criterios de juicio lingüístico. Pero Pérez Reverte nos ha cambiado el paso y se ha moderado muy educadamente (no deberían escocer un aislado «talibanes» o un par de «analfabetos» marca de la casa) en su crítica sobre la dejación de funciones de la RAE en «Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor».
En un texto lúcidamente estructurado, el cartagenero denuncia que la RAE ya no limpia, porque en vez de censurar usos incorrectos valida todo lo que se emplea por ahí sin aplicar la jerarquía que se precisa. Que no fija o no quiere hacerlo o lo hace mal, porque está dominada por tendencias descriptivistas por culpa de un grupo de lingüistas que empuja en ese sentido. Y que no da esplendor, porque la propia RAE se comunica públicamente sin altos vuelos, sometida a la tiranía de las redes en todos los aspectos.
Pero la invectiva adolece de efectividad porque carece de ejemplos, hurtando al lector de elementos para la relativización. Con lo larga que es la diatriba, la falta de muestras concretas en forma de palabrejas de lo que le causa tanta desazón (solo utiliza dos muy anecdóticas) la vuelve teórica y especulativa y la aleja de sus propósitos de crítica eficaz. Que publicar Diccionario, Ortografía y Gramática comunes a todas las Academias sea considerado poca cosa es subestimar los méritos para exagerar los supuestos defectos. Que le moleste la abstención de entrada feroz en el debate sobre la politización de usos es comprensible, pero lo es más que la prudencia rija el comportamiento de la casa. Creer a la Academia capaz de prevenir (no digamos ya de curar) la dinámica del español es poco realista. Y no entender que a la corrección se llega por la frecuencia de uso es no tener perspectiva diacrónica, fundamental en lo que a visión de futuro idiomático se refiere.
Esperamos que el pleno, y no las comisiones parciales, dediquen sus buenos jueves a estudiar con seriedad merecida las críticas del escritor y avanzar de manera constructiva. Y que no palme nadie en el proceso.