Aunque podría estar refiriéndome al titulo de la segunda entrega de la saga ‘El señor de los anillos’, esa trilogía que cuenta la historia donde unos pocos se sacrifican y arriesgan su vida por otros muchos (algo común en la consecución de alguna democracia) para destruir un «anillo de poder» que esta a punto de arruinar la supervivencia de las razas por el dominio del mal. Pero no, no me refiero a esa película.
Este pasado 12 de febrero será recordado como la fecha que se puso fin al último gran exponente que significó la bonanza económica del Bierzo: las dos torres de la central térmica de Compostilla II. A las 13:00 y con puntualidad inglesa, unas cuantas cargas dinamitaban en segundos más de cincuenta años de historia. Quedaba consumado el borrado del paisaje de todo atisbo que nos recordase como se produjo el milagro del dólar. El negro carbón sacado por los picadores del Bierzo y Laciana, nutría la central que ejercía como ‘locomotora’ simbólica del progreso en la comarca.
Y como no, ha habido diferencias de opinión al respecto de mantener estas dos colosales figuras en pie o no. Unos porque es conveniente mantener ese recuerdo a la vista, otras porque para qué sirve semejante monstruo si no tiene utilidad y el resto, no sabe, no contesta. Para ser salomónico, creo que todos y todas tienen su punto de razón. Los primeros porque más allá de recordar qué fuimos y por qué, el hecho de borrar ese recuerdo no sirva para devolvernos a lo anterior y a la resignación de que algo parecido no volverá. A eso, tenemos que negarnos. Y aunque se nos borre del paisaje en lo físico, en nuestra mente debemos mantener la ambición de resurgir.
Otras porque mantener esas dos criaturas sin darles uso, supone además un gasto importante en seguridad estructural. Y en el caso de darles uso, se pronostica complicada cualquier propuesta rentable y que se adapte al entorno ante la posibilidad de convivir con otros proyectos.
«Torres más altas han caído» (suele decirse) y con ellas se va también una forma de entender la vida de entonces, donde incluso la lucha obrera tuvo una vital importancia en la zona y donde su último bastión tuvo precisamente en las Comisiones Obreras al siempre recordado Alfredo Peláez que, hasta el último minuto de su vida, se empeñó en asegurar unas condiciones dignas para las subcontratas de Endesa.
Es cierto que últimamente no ganamos para disgustos y venimos de desastres naturales como los incendios de éste pasado verano o los ‘derribos no intencionados’ en carreteras como la CL-631 o la que da acceso a Peñalba más recientemente. En todos los casos, miramos a las distintas administraciones esperando respuesta y arreglo. Con toda la razón.
Pero en la ambición de volver a levantarse, de no recordar símbolos con resignación, ahí debemos de mirarnos los unos a las otras, a los ojos y en esa mirada sentirnos orgullosos y orgullosas de pertenecer a una tierra que lo ha dado todo por prosperar, que se ha unido en momentos difíciles y que está dispuesta a volver a hacerlo, olvidando lo de uno y pensando en lo de todas. La historia nos ha demostrado que ese es el camino.
Y si al final es un pequeño grupo el que tiene la misión de salvar al resto, apoyémosle, creamos en su éxito. A veces con los propósitos más sencillos se consigue el resultado más excepcional.
‘El retorno del rey’ cierra la trilogía de aquella serie de películas que, aun siendo ficción, su sinopsis se puede adaptar perfectamente a la sociedad actual. El rey retornó y todo acaba más o menos bien, sin dejar demasiados pelos en la gatera, pero no gana él solo; (spoiler) necesita la ayuda incluso de unos guerreros fantasmas que ya habían luchado muchos años atrás.
Como esos que permanecerán en las cenizas de Compostilla y que no volverán, pero hemos de recordar cada día para evitar que no caigamos como esas dos torres, porque no habrá rey que retorne a salvarnos. Solo nosotros y nosotras, nos salvaremos por nuestra propia lucha.
Roberto Echegaray es secretario comarcal CCOO Bierzo