No ha tenido el cine buen comienzo de año. En pocos días cuatro estrellas de Hollywood han pasado a ocupar otros firmamentos, no como actores, si no como seres humanos. Mis conocimientos de cine se limitan a decir si me gustó o no, una película y suelen gustarme las que peor crítica tienen. Pero de humanos sí me atrevo a hablar y esta semana supimos de dos historias agridulces, tan salpicadas de esperanza, como tristes.
El jueves vimos un adiós y una despedida del actor Eric Dane, grabada antes de que la enfermedad le robase la voz por completo. Dicen que mientras el ELA se apoderaba de sus órganos, un pirata del Caribe llamado Johnny Depp, le socorrió en su peor momento, cediéndole una de sus propiedades, sin más alquiler que lo que Eric pudiera pagar, porque la enfermedad se fue llevando su vida y fortuna, al mismo tiempo. El hecho de ser famosos hace visible el gesto solidario de un hombre cuando la enfermedad se lo arrebata todo al amigo, por vivir en un lugar donde el sistema sanitario ni te ayuda ni te salva.
La otra historia que ha invadido las redes estos días tiene el mismo guion, pero distintos personajes. Otro adiós, otra despedida y otra ruina. La de James Van Der Beek, cuya vida y lucha contra el cáncer, ha sido difundida con todo lujo de detalles, mostrando imágenes del joven matrimonio y sus seis hijos, todos tan guapos y rubios, de ojos azules y pieles transparentes, que parece una familia de ensueño, venida de algún mundo más suave que éste, tan perfectos que cuesta creer que la mala suerte se haya atrevido a rozarlos. Eso es lo que uno piensa al ver imágenes del actor con su esposa y sus seis niños.
Pero acabado el acto y bajado el telón, los titulares muestran la cara oculta de la tragicomedia porque James, como su compañero Eric Dane, también combatió con dos enemigos al mismo tiempo: la enfermedad y los gastos astronómicos que ésta supuso. Tanto, que acabó subastando hasta los recuerdos más valiosos de su carrera, llevándose pegados el primer aplauso, el primer éxito y el último fracaso. Los tratamientos, en su empeño de arañarle tiempo al tiempo, se comieron su patrimonio. De nuevo apareció el humano color esperanza, Hollywood salió al rescate y entre amigos y fans han acabado pagando un rancho, cubriendo una estela de deudas y garantizando el bienestar de una viuda y seis niños que, además de orfandad, heredaron ruina.
En una semana, dos historias en las que la esperanza y el apoyo han sido los amigos y compañeros de los que murieron tras una enfermedad, en un lugar donde el sistema sanitario no te permite ser pobre. Y uno se pregunta si personas con este nivel económico no consiguen cubrir los gastos médicos en un tema serio, cómo lo hacen los demás, sin millonarios a tu alrededor, que puedan socorrerte, abriendo un debate en las redes sobre gobiernos que prefieren gastar los impuestos recaudados en guerras de egos y armamento, en vez de invertir en una sanidad pública que ampare y salve a sus ciudadanos.
Con noticias como éstas, preocupa más que nunca el deterioro de nuestra Sanidad Pública, no lleguemos a esos extremos, que ya cuesta abajo, es fácil rodar. La pregunta es cuándo ocurrió tanto sin apenas darnos cuenta. Cuándo se cerró la atención primaria, esa puerta que da acceso a todo lo demás. Cuándo crecieron las listas de espera que no siempre pueden esperar, y se convirtió en misión imposible ver a un especialista. Cuándo pasó a ser misterio lo que se esconde tras las puertas de las consultas, con médicos ausentes que siempre están atendiendo «una visita domiciliaria». Sin saberse si es siempre la misma. Por qué las salas de espera del centro de salud al que pertenezco están siempre vacías. Y sin asistencia presencial, por qué necesitan tres semanas para una cita telefónica. Estamos aceptando cosas que no encajan, hasta que oyes las vergonzosas grabaciones en las que el CEO de una empresa privada, que gestiona el hospital público de Torrejón, propone alargar las listas de espera para alcanzar un beneficio de 4 o 5 millones. Hay que apretar fuerte los puños al oír cómo se enriquece una empresa privada dirigiendo la sanidad pública. Y vuelve la pregunta: ¿Quién vota al que vende la sanidad que nos salva? ¿Quién es tan rico que puede permitirse no tenerla? Yo confieso necesitarla y deberle la vida.
A las dos historias de millonarios y sus penurias económicas ligadas a una enfermedad, me permito añadir otra historia, también color esperanza, pero de un verde más intenso. La de alguien pobre cruzando consultas y pruebas hasta llagar a un quirófano, sin preguntar siquiera cuánto cuesta nada de todo ello. Cuánto cuesta un equipo de cardiólogos mimándote, un quirófano, cada una de esas máquinas futuristas o la mano que te calma. Cuánto vale cada tubo por el que corre tu savia, mientras artesanos de la vida te remiendan el corazón. Cuánto cuesta ese equipo de cirujanos. Cuánto, un corazón nuevo. Y cuánto la vida. A mí me costó una simple palabra: Gracias. Sanidad Pública, lo llaman.