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Dos esperanzas

28/03/2019
 Actualizado a 19/09/2019
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Quería Juan Vicente Herrera un funeral político austero, de castellano viejo, de silencio en procesión y que solo lloren las campanas en lo alto de alguna de torre. Pero las Cortes de Castilla y León son un templo democrático sin torres y sin campanas así que tuvo una despedida de comunidad con aplauso de todas las bancadas y solo tres procuradores de Podemos negándole hasta el respeto institucional a quien ha gobernado esta tierra durante dieciocho años. Al PP le salieron plañideras y buenas palabras a los rivales. Seguro que entonces sintió un escalofrío por la espalda, y pensó: «Ahora sí que sí, ahora sí que estoy muerto que me lanzan alabanzas».Quizá por eso cogió del hombro a Alfonso Fernández Mañueco al avanzar juntos por uno de esos largos pasillos, por un túnel hacia la luz, temiendo haberse desvanecido ya y estuvieran viendo al sucesor caminando solo. Con esa ‘Melancolía de desaparecer’ que ya escribió Agustín de Foxá reconociendo que: «Y pensar que después de que yo me muera, / aun surgirán mañanas luminosas». Con una esperanza pronunciada por última vez desde su banco azul de presidente: «Lo mejor en Castilla y León está por llegar», como epitafio piadoso.

Es esta una despedida sobria pero larga, ‘en diferido’ que diría el PP de antes, que aquí llevamos de funerales desde hace un año. Desde aquellas primarias de las que vienen tantos lodos en los que los populares continúan embarrados. De un cuarto de legislatura en bicefalia, con el PP y la Junta como una anfisbena del bestiario del también austero románico. Porque el PP de Herrera no es el PP de Mañueco, que lo que damos tierra es una forma de hacer política. Una política de cercanía, de abrazo en las distancias cortas y que mantiene la mirada a los ojos ( ahora casi nadie te mantiene la mirada). Una apuesta por el diálogo cuando no era imprescindible, cuando el PP era un absolutismo y las elecciones un trámite para revalidar la confianza. La regeneración en estos lares ha supuesto ir arrinconado al ‘herrerismo’, pagando los servicios prestados pero negándole cualquier futuro. Se ha zurcido en lugar de coser, que no viene a ser lo mismo.

Que Herrera se está yendo casi tantas veces como las que quiso irse. Quién sabe si porque vio venir este invierno que iba a ir mermando inevitablemente el granero de votos. O porque se miró en el espejo que ofreció a Rajoy y se notó cansado antes de que todos empezáramos a notarle agotado. Y se le fueron muriendo los delfines, que aquí saladas solo tenemos las lágrimas y lo más parecido a un mar es el lago Sanabria o los trigales cuando los peina el viento.

Juan Vicente Herrera es el penúltimo barón que pisó Génova. No solo al PSOE se le van jubilando los barones, esos líderes territoriales que eran capaces de sonreír exigiendo a su partido, en los que pesaba más la tierra que las siglas. Un presidente previsible y sin estridencias. Con demasiado silencio en los medios de comunicación, a los que ha llegado a despreciar con largas ausencias. O mejor dicho, con la ausencia como regla confirmada por excepciones puntuales.Confundiendo entre contención y desdén. Un hombre afable que ha sabido sacar las garras en la tribuna, con verbo ágil y que incluso ha presumido de ir viendo pasar los féretros políticos de una larga lista de portavoces de la oposición. Y decir adiós sin haber sido derrotado.

Enunció otra esperanza en este último pleno postrero de legislatura y trayectoria política. No abdicar nunca del autonomismo útil, santo y seña de la mayoría silenciosa que le ha arropado con lealtad recíproca tantos mandatos. Herrera se lleva el silencio, ese silencio responsable y confortable que solo se echa de menos cuando falta.
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