14/06/2026
 Actualizado a 14/06/2026
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Esta semana he visto dos monedas falsas. Sé que lo eran porque una tenía mil caras y la otra, dos cruces. Me quedo con la de las cruces porque explica la realidad sin espacio para engaños. Una de ellas contiene mucho valor y la otra es muy valiosa. Una la trajo el Atlántico meciéndola como trae a los náufragos y a los cayucos heridos, rezumando miedos y lágrimas. Llegó con restos de un color azul desgastado casi muerto, que el sol y el mar le fueron arrancando, como si no tuvieran suficiente azul adentro, que diría Rafael Amor en su cántico. Bastaron dos tablas de cayuco y dos artesanos carpinteros de Granadilla, respetando el estado de la madera tal como llegó, incluido el color que el agua se fue llevando a bocados. La parte principal se hizo con la quilla del cayuco, empeñada en seguir viviendo en la Cruz de los Migrantes.

Y al otro extremo, vimos una majestuosa cruz de 17 m de alto y cuatro brazos. Una joya revestida de cristal térmico y mil quinientas piezas de cerámica blanca esmaltada, que brillará día y noche, ayudada por el sol y por los haces de luz que las demás torres proyectan sobre ella. Aquí no bastaban dos artesanos. Ha sido  el excelente trabajo de dos empresas bercianas quienes han coronado La Sagrada Familia con la Torre de Jesucristo y sus 72.5 metros de altura, convirtiéndola en la iglesia más alta del mundo. 

Y vimos al mismo hombre bendiciendo las dos cruces con pocas horas de diferencia. Era el Papa León XIV bajando. Bajando desde lo más alto, donde todo era inmenso, sin espacio para más esplendor y derroche. Bajando y dejando atrás la cruz de cristal engarzada entre filigranas de piedra, trepando cielo arriba. Nos dormimos en lo más alto, donde no podía alzarse más la vista, y despertamos en el puerto de Arguineguín, considerado el `muelle de la vergüenza´, epicentro de un gran problema, donde no se puede alzar la mirada porque las vidas están abajo. Así, de la noche a la mañana, pasamos literalmente de los grandes templos a presbiterios improvisados, al Cristo de la Laguna trasladado por el Ejército para acompañar a la Candelaria y formar un templo al aire libre, con el mar de fondo. Un lugar donde no se usan eufemismos porque todo es demasiado  real y sangrante para conseguir adornarlo.  Allí donde no se pueden disimular las cosas, León XIV le dijo a Europa, esa vieja dama perezosa y acomodada que «no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».

Ya no vimos más torres arañando cielos, ni hubo que alzar la mirada. Estaba todo abajo. De la solemnidad de los cantos gregorianos, música sacra y las mejores voces y  orquestas resonando en las  basílicas, pasamos a oír Nube de hielo, esa melodía de Chago Melián, que nos lleva y nos trae, meciéndonos en una historia de nostalgias. En la orquesta de la «Misa Canaria” un hombre tocaba una caracola. Es un bucio, con el que los aborígenes canarios intercambiaban mensajes.  Es la campana del mar, sin iglesia ni espadaña, pero con acantilados para anunciar incendios, bodas, defunciones y ataques piratas.

De monumentos de piedra pasamos a carpas blancas, convirtiendo un antiguo cuartel en lugar de acogida y punto de encuentro. En cama y techo. En pan y agua dulce para aliviar el salitre. Allí vimos mareas de gente y gente de mar, toda la paleta de colores del canela al negro. Bebés  de chocolate con preciosos peinados étnicos y ojos como platos, que diría mi madre. Migrantes que dejaron de ser sombra y tuvieron voz y palabra. 

Ni bajando la mirada, ni alzándola. Solo  mirando al frente, al hombre que llegó al centro de acogida Las Raíces, sin arraigo, como  ellos. Llevaba un gorrito, una túnica larga y vestía de blanco. Dicen que era un Papa. 

Nunca osaría rectificar el eslogan elegido para la visita papal, pero viendo el transcurso del viaje, se me ocurre una pequeña rectificación. Allí donde empezaron los actos  y vimos escrito en el aire, cantado y recitado de mil formas «Alzad la mirada», debió proponer que la bajen un poco. Y al final del trayecto, en los campos de refugiados, es donde debió gritarse que alcen los ojos, que llevan demasiado tiempo mirando al suelo.

Podrá contar la historia que en el lugar más triste del mundo un Papa lanzó un ramo de flores al océano y dejó una oración sobre el agua, para que la recojan los que duermen el sueño eterno sobre el lecho del mar, porque se les cayó la vida cuando venían a buscarla. 

En el muelle de la vergüenza, el Papa León XIV y un joven refugiado son fotografiados mirando al agua de forma hipnótica. Quizá sea la imagen más triste y bonita de esta trepidante semana. Me quedo con ella, con un Pontífice con gesto de niño triste al que se le cayó algo valioso, mirando absorto las flores flotando, en un espigón del muelle de Arguineguín, el que hace de puerta al mar, con un joven negro a su lado. Y de fondo la Cruz de los Migrantes, la de color azul cansado, que guarda el secreto de lo ocurrido en altamar. Eso que los migrantes, ella y la caracola callan. 
 

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