Mi madre me ha hablado muchas veces de un hombre de Benavides que sin duda había sido bendecido con un instinto desarrollado para dar fastidio. Omitiré su nombre, aunque todos los que lo conocieron ya están muertos, porque no hay necesidad de fastidiar a nadie. A este elemento lo que más le gustaba en la vida era fastidiar a su mujer y por dar fastidio a la buena señora lo mismo era capaz de sacar de casa el caballo de culo, que meterse a dormir en la cama con galochas. El nacido para fastidiar asume con gusto toda molestia siempre que consiga fastidiar, y no le importa dormir con galochas, si a cambio ve un gesto de disgusto en su mujer.
Pero su sabia esposa, sin haber leído a Marco Aurelio, sabía que estos tipos se alimentan del disgusto que provocan, que de nada vale argumentar ni razonar con ellos y que uno nunca debe indignarse, hagan lo que hagan, porque esa es su victoria. Esta sabia señora sabía que el antídoto era la indiferencia, un bumerán que terminaba por fastidiar al fastidiador. Qué quería dormir con galochas, pues qué calentín. Qué el caballo de culo, qué buena idea. Y así con todo. Era inmune.
Una estoica sin saberlo, que hacía de la indiferencia una virtud y así, además de no darle el gusto al otro, seguro que se divertía. Parece ser que el estoicismo se ha vuelto a poner de modo, quizás porque es un aceptar lo que nos venga. Recuerdo a uno que trabajaba en la biblioteca de Ciencias de la Información que me decía cada mañana: «Verlas venir, dejarlas pasar y si te mean en la pechera, decir que llueve». Lo de este hombre ya era nivel santo.
Y la semana que viene, hablaremos de León.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.