El Dorado

Periodista
03/07/2026
 Actualizado a 03/07/2026
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Cuando era pequeño para mí Venezuela era algo así como El Dorado, un paraíso que soñaba visitar y que a día de hoy aún no he pisado. Sin saber muy bien dónde situarlo en el mapa, mi madre me contaba que tenía primos allí, que poco menos que nadaban en la abundancia, que disfrutaban de espectaculares vacaciones en un lugar llamado Isla Margarita, que honestamente no estaba muy seguro de si era o no real. Cuando venían a España, a mí me maravillaba su acento, sin terminar de comprender que esas personas que vivían en la otra punta del mundo compartían sangre conmigo viéndoles yo a ellos como unos auténticos extraterrestres. A Venezuela llegó la hermana de mi abuelo desde una aldea de la provincia de Lugo con poco más que una mano delante y otra detrás, pero con la esperanza de que allí encontraría más oportunidades de las que podría haber aquí o mejores que, por ejemplo, la de la mina que encontró mi propio abuelo. Ellos lo hicieron, con una fábrica de gaseosas se ganaron muy bien la vida y formaron una familia que hace diez días despedía de vuelta a un pueblo de Lugo al patriarca. Quien llegó desde Venezuela para hacerlo, lo que no esperaba es que al día siguiente de regresar a Caracas, el país se iba a romper. Pocas cosas quedan ya por decir de una tragedia como la ocurrida allí hace 8 días. Imposible es no quedarse con la piel de gallina cuando ves a un padre que, sin saber cómo, salía de casa dejando a su familia y al volver no encontraba absolutamente a nada ni nadie.

La de mi familia, que por suerte apenas sufrió algunos desperfectos en su vivienda de Caracas, es una de miles de historias de españoles, en mi caso gallegos (literalmente, no en el sentido que le dieron los argentinos), que emigraron a Venezuela en busca de un futuro mejor y terminaron esparciendo por el país pequeños territorios de diferentes provincias de España, también León. Quizás por eso, por la cantidad de venezolanos aquí, españoles allí y en definitiva familias que se reparten a un lado y otro del océano, es imposible no sentir un poco más de cerca una tragedia que no hace otra cosa que reafirmar la necesidad que tenemos de disfrutar de cada minuto feliz que tengamos. Porque la vida cambia en un crujido.

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