Las crisis económicas son como los grandes amores, siempre queda algo de herida bajo las cicatrices, siempre vuelven a asustar con intensas punzadas en los cambios de tiempo. Este otoño de Pedro Sánchez, que pende de los ultimátum de Torra y que podría terminar siendo el Gobierno de un verano (Ejecutivo ‘one-summer wonder’ tras estas vacaciones sin canción pegadiza de grupo ‘one-hit wonder’), los expertos se llevan la mano al costado para calmar los pinchazos. Los socialistas sin presupuestos anuncian una política expansiva (aumentar el gasto) sin tener claro cómo ingresar más al margen de subidas ideológicas de impuestos que aportan calderilla ante la factura de la deuda, pagar pensiones más altas, aumentar prestaciones sociales o revertir los recortes en educación o sanidad. Las cuentas no salen y Calviño no usa chistera. Añaden los economistas, que son los que dicen que saben de esto, que si además de esta política expansiva del gasto sigue apretando la presión a las familias y clase media con medidas como el impuesto al diésel o el descontrol en el recibo de la luz o del gas, las evidencias de desaceleración no tardarán en ser más que palpables con un derrape del consumo que desestabilice el engranaje. Pero no gritemos la llegada del lobo que al final termina atacando al norte y al sur del Duero.
Aquella otra crisis, de cuyo nombre no queremos acordarnos como de los viejos amores, dejó huellas profundas que incluso llevan al despiste disfrazadas de síntomas de bonanza. Al margen de la traición de Vestas, los estertores mineros y el cierre de las térmicas, se suceden (en titular pequeño y sin negrita) llamadas de atención desconcertantes en una provincia con 29.190 desempleados y una comunidad autónoma con 142.590 parados. Las Denominaciones de Origen no logran cubrir los puestos de vendimiadores esta cosecha, el pimiento del Bierzo no encuentra quien lo pele, los perfiles tecnológicos especializados se rifan los candidatos y en la construcción (sí, aquella que reventó la burbuja) se están trayendo empleados portugueses para completar plantillas. Hay empleo de sobra, ¡bendito sea! Ojalá, pero en economía nunca el diagnóstico es tan simple. En el campo despoblado no quedan jóvenes temporeros, y los que emigraron a las ciudades buscan otras oportunidades y rechazan doblar el lomo para recoger uva o maltratar las manos pelando pimientos asados. En los sectores de la tecnología y la construcción faltan perfiles especializados como programadores, encofradores, estructuristas, yesistas o matemáticos. Son las profesiones que dejó huérfanas la crisis por jubilación, despido y reconversión a otro sector o emigración. Un mercado laboral desequilibrado que genera bolsas de desempleo titulado y a la vez oficios hambrientos de aprendices.
Aunque por razones muy distintas y todavía en una dimensión menos alarmante nos está sucediendo lo mismo que al este de Europa. La emigración masiva, por millones, de las últimas décadas hacia la próspera UE ha vaciado de trabajadores su territorio. El caso más llamativo es Polonia, país de gran tradición emigrante, donde la falta de mano de obra hace subir los salarios una media anual del 11 por ciento. Sus empleos los están ocupando miles de personas llegadas de países asiáticos como Pakistán o China. Se fueron polacos y volvieron chinos. El camino de vuelta siempre es larguísimo ya sea desde el extranjero, de la costa a la meseta o de la ciudad al pueblo. Porque uno crece donde lo plantan, como diría Miguel Delibes, o donde le obligan a echar a raíces. Aquí nos empiezan a faltar raíces, más raíces que agua.
Donde lo plantan
04/10/2018
Actualizado a
18/09/2019
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