02/08/2026
 Actualizado a 02/08/2026
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En 1992, perdón por hablar de otro siglo, hicimos para La Crónica el recorrido a pie con los mineros de la famosa Marcha Negra de 500 mineros desde Laciana hasta Madrid.

En aquella caravana el núcleo central era, como no, el grupo de mineros que iban siendo recibidos como héroes en todas las localidades que atravesaban, pero les acompañaban gentes muy diversas:familiares que querían estar cerca, hijos orgullosos, intendencia que llevaba las comidas y bebidas, los que llamaban a los programas de radio para recordar a toda España que 500 lacianiegos marchaban sobre Madrid... y, por ejemplo, sanitarios que al final de cada caminata cuidaban los pies heridos de los caminantes, los tirones... entre ellos había uno, Ovidio, que estaba el primer día y seguía cuando ya se veían las torres de Madrid. Curaba, «¿más mercromina?», animaba y distendía el ambiente con bromas y mucha socarronería...

Tantos días, tantas anécdotas, tantos reportajes, que pensamos en hablar con el enfermero.

– Queríamos hablar contigo.

– Hablar no se le niega a nadie, pero yo ¿qué os voy a contar, hablad con los mineros, que son los que andan?

– Queríamos que nos contara cómo lo vive un enfermero, los cuidados, las heridas... 

– Pues buscad a un enfermero porque yo soy el cura. Si queréis confesar os hago un hueco. 

Ese era Ovidio. Así era Ovidio. Un tipo enorme, en lo humano; socarrón hasta la saciedad;sonriente siempre porque el dolor lo guardaba dentro. «Bastantes penas hay para que os venga yo con las mías». Y llevó su larga enfermedad con tanta dignidad como silencio.

Solo estoy en un grupo de wasap que no sea por motivos laborales o para evitar ataques de los lobos con tricornio escondidos en la carretera con la libreta a punto. Éramos cinco: Mar, el alma que une y reúne; Lolo, el imprevisible; el que suscribe, permitidme que de mí no diga nada; Manolín, un cura sabio y callado al que sus colegas llaman Gete, su pueblo, pues hay más Manueles en la diócesis que truchas pescó furtivo Chapolés el de La Uña; y Don Ovi, que así le llamaban a Ovidio quienes le tratamos de cerca. El grupo se llamó en origen ‘Alambrado sea el Señor’, que derivó en ‘Los alambrados’, pues Don Ovi maliciaba: «Se va a enterar don Juli obispo y no juega más contigo al mus». Curiosamente en el grupo el humor no lo ponía Lolo, sino Don Ovi, cocarrón impenitente, «¿tú Lolo, naciste de luto o tuviste una recaída posterior?».

Se lo habrá vuelto a preguntar cuando ahora se hayan encontrado, pues don Ovi se fue sin una queja, ni una palabra, solo aquello que pedía siempre: «Rezad por mí, que buena falta me hará, y a vosotros os hace más caso». 

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