Don Carles he de reconocer - le pido disculpas por ello - mi animadversión a su persona desde hace cinco o seis años, inducida - todo hay que decirlo - por la prensa, radio y televisiones de todos los colores y signos políticos. Del mismo modo he de confesarle que la referida inquina está mutando desde hace seis o cinco meses a admiración manifiesta y cierta.
Llegados a este punto me encantaría compartir con usted mesa, mantel y viandas varias, acompañadas por un buen caldo del Bierzo, para interpelarle por su oficio; sin duda, ingrato como la sal en una herida, famélico hoy de los síes y mañana de los noes.
Ya me dirá cuando viene por León y yo me encargo de hacer la reserva…
El artículo 99 de nuestra carta magna establece lo siguiente de forma inequívoca: Después de cada renovación del Congreso de los Diputados, y en los demás supuestos constitucionales en que así proceda, el Rey, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno.
El candidato propuesto conforme a lo previsto en el apartado anterior expondrá ante el Congreso de los Diputados el programa político del Gobierno que pretenda formar y solicitará la confianza de la Cámara.
Desde la serenidad de espíritu y sosiego adyacente, quiero proponerlo para presidirnos durante los siguientes cuatro ejercicios presupuestarios; no hay resquicio alguno que se lo impida. No está condenado por sentencia firme, tiene dieciocho años bien cumplidos, la nacionalidad de su pasaporte se adapta al negocio que estamos tratando, tiene experiencia contrastada como ex presidente de la Generalitat y como
President en el exilio, por tanto, no se me ocurre mejor perfil que el suyo para acometer grandes y gloriosos desafíos para nuestra nación de naciones.
Tenga en cuenta que cuenta al menos con 136 más 122 síes, no le hacen falta ni tan siquiera los suyos don Carles, ni tampoco los de sus vecinos. Quién se lo iba a decir aquel ya lejano 30 de octubre del diecisiete cuando abandono su querida Barna en el maletero de un utilitario…, como algún que otro duquecillo acosado por la prensa rosa.
Este humilde juntador de puntos y comas, un poco locuaz y bastante insensato, admira igual que don Lucio Anneo Séneca (Corduba, 4 a. C.- Roma, 65 d. C.) a los hombres y mujeres valientes. Qué hubiese ocurrido si en vez de convocar la consulta ciudadana para emanciparse de la madre patria, hubiese convocado elecciones anticipadas y no se hubiese presentado a las mismas. Nada de lo que aconteció hubiese acontecido, estaría usted disfrutando de su familia, de su bien merecida jubilación con un sueldo vitalicio como ex príncipe de los Países Catalanes, y deambulando por donde le placiese o dejase de placer.
Pues bien, eligió el camino adusto y pedregoso. Tamizó una idea que le encaminó al frío y taciturno destierro en la nublada Waterloo. En la pequeña ciudad belga don Napoleón perdió un imperio, seguramente usted gane parte de otro.
Nuestra mala baba, que campa a sus anchas desde la Paz de Utrecht (1713-1715), hizo que su figura fuese ruinmente denostada por todas y todos, de norte a sur, de este a oeste, por taxistas madrileños y abogados albaceteños, entre los que yo me incluyo, ¡faltaría más!. Todas esas ínfulas patrióticas, palabras llanas, arquetipos endemoniados, exabruptos, insultos pronunciados por nuestras atrevidas y viperinas lenguas, nos los vamos a tener que comer con patatas fritas…
¿Qué hubiese hecho yo? ¿me pregunto?; ¿qué hubiesen hecho ustedes? ¿les pregunto?; es relativamente sencillo callarse y postergarse ante el poder establecido, máxime sabiendo que tengo la vida y la de los míos resuelta, ¡bien resuelta!. Lo arduo es hacer lo que usted hizo y por lo que este escultor de vocablos lo respeta. La fuerza de una idea obnubila el espíritu de quien la compone y defiende, haciendo que lo insoportable para los demás sea soportable para uno.
¡Magna y bella odisea señor President!