Javier Cuesta

Divinos de la muerte

12/04/2026
 Actualizado a 12/04/2026
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Confirmado, los famosos también mueren. Últimamente se diría que a mansalva, desde R. Duvall hasta F. Ónega, ¡incluso el inmortal Chuck Norris, cagüental! Cada vez disparan más cerca, decía el gran Primo Lucio Panera, ¿o será que aparecen en las necrológicas nuestros famosos más cercanos, por ser ya casi coetáneos? Un día feliz para el mundo palmarán Trump y Netanyahu. Detrás iremos desfilando otros, mientras tanto seguimos con curiosidad sus obituarios, ese subgénero que aspira a ser además literario y tiende siempre a la alabanza: ¡qué bueno era! es lo más sueve que suelen repetir. En fin, nunca se sabe dónde se meten los enemigos de un finado, al menos los primeros días.

Obituarios, decíamos. Tan repletos de lugares comunes. Algunos pensados durante años, escritos en adelanto por la avanzada edad del personaje y actualizados cada poco, como la Wikipedia, porque a lo peor el centenario se resiste a que le escriban. Oros improvisados, cocinados a la carrera a causa de pérdida repentina. Pero la mayoría con un denominador: en casi todos, quien los escribe habla más de sí mismo que del fallecido. En vez de una semblanza del difunto, la necrológica está llena de anécdotas, vivencias comunes y recuerdos exclusivos –aderezados con un poco de nostalgia, faltaría más– entre el autor de la nota y el que acaba de morir. A menudo las necrológicas son para decir que uno conocía mucho al muertín y bla bla bla, o sea para hablar de uno mismo, no del fallecido. Cuando se trata de un famoso, morir significa alborotar el circo de allegados y beneficiarios. 

Y luego están los posados, en los funerales de primera clase, indistinguibles de los ecos de sociedad de cualquier evento festivo. Son buena prueba las dos páginas de El Mundo de 12/3/26 con las fotos en el último adiós a Raúl del Pozo, que no tienen desperdicio por lo que nos ilustran en la argumentación. Desde la risueña Reina Leticia –saluda, sonríe y luce vestido– del brazo del director del periódico, también risueño, hasta el capitidisminuido alcalde de la Villa departiendo animoso con periodistas. Alsina con el micro haciendo de Nieves Herrero sobre el terreno, la Griso feliz como una perdiz, Ayuso con su cabecita calculadamente ladeada y esa sonrisa de mosquita muerta, a su lado el muñidor/borrachín MAR sorprendentemente sereno, el Bustos firmando en el libro de condolencias sin mirar al libro sino a la cámara… dientes, risas, dientes, vestidos con sus mejores galas, nada afectados, desfilando perfectamente y contentos de figurar en un book de fotos tan exclusivo. Todo postureo; nada de recogimiento ni discreción. Sólo un rostro cariacontecido, el del contrahecho J. Losantos, quizá porque no tiene otra cara que ponerse o acaso porque haya leído al genial Renard: «qué cómodos son los entierros; se puede ser huraño con la gente, lo toman por tristeza». Sea como sea, la muerte ¡les sienta tan bien! Más que el escritor, parecían ser ellos los que pasaban en ese momento a la posteridad.

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