Sol Gómez Arteaga

Distopía de verano

14/08/2026
 Actualizado a 14/08/2026
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Abro los ojos. Me doy cuenta de que llevo un rato oliendo a humo. Mientras el autobús sigue su trayecto con total normalidad, por la amplia ventanilla vislumbro un escenario denso y gris. Esta parece ser la nueva distopia del verano. Se quema todo (montes, bosques, cosechas, pueblos, casas, animales…) y parece que no pasara nada a juzgar por los resultados de las últimas elecciones, en las que los votantes, en vez de castigar a los que están arriba, premian la falta de previsión y abandono. A este punto de hemos llegado. Me viene a la cabeza la frase que pronunció el conde de Gloucester en el acto IV del rey Leal: «Es el mal de estos tiempos, los locos guían a los ciegos». 

Los valles de la sierra de Madrid se superponen en distintas tonalidades grises, confiriendo al paisaje una apariencia fantasmagórica, apocalíptica. Mientras el humo invade mi pituitaria, evoco las veces que me pregunté cómo sería la vida en momentos de catástrofes, de guerras, de oscuridad como los que, de un tiempo a esta parte, estamos viviendo. La respuesta que me daba es que, a pesar de la magnitud de la tragedia, seguiríamos saliendo, mirando escaparates, festejando, queriendo ver eclipses de sol cada muchos años, pugnando por ser, por seguir, pues la vida, terca como una mujer apasionada, parece destinada a afianzarse, a decir siempre sí. Eso constato al observar la reacción de quienes me rodean. Dos viajeros en el asiento de atrás ríen, una voz femenina con acento extranjero habla, el joven de al lado, pasillo por medio, mira tranquilamente el móvil. Nadie habla del color, nadie habla del olor, como si no existieran, o como si solo yo estuviera bajo los efectos de una alucinación propia.  

El caso es que nos quemamos. La tierra calcinada es síntoma y metáfora de este mundo incendiario en el que vivimos. Entonces me digo que acaso haya que tocar fondo para resurgir de las cenizas cual Ave Fénix, ese pájaro fabuloso e inmortal que al sentir que su vida termina, construye un nido con ramas olorosas, las prende fuego y se inmola para que de las cenizas surja un nuevo y joven Fénix destinado a repetir el ciclo. El olor que parece que solo noto yo me produce una sensación de opresión en el pecho que conozco y a la que doy el nombre de angustia. Para liberarme de ella me revuelvo en el asiento agradeciendo no tener compañía al lado, pero no encuentro postura y quedan tres largas horas para llega a mi destino. Me pregunto cuánto no se quemará aun en este tórrido viaje del verano que acaba de empezar y parece no tener fin, aunque haya algunos que, defendiendo lo indefendible -de todo hay en la viña del Señor-, todavía se empeñen en seguir negando el cambio climático. 
 

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