Pensaba que después de algo más de veintisiete años ya había ciertas cuestiones básicas que se habían visto sometidas a la fuerza musculosa de la comprensión. Las daba por consabidas. Que la salud es lo más importante, que el saber no ocupa lugar y que el dinero no da la felicidad parecían ya eslabones bien soldados de una cadena en crecimiento, pero a veces ocurre que, por una razón u otra, las soldaduras se resquebrajan. Y vuelta a empezar.
Ya no tengo tan claro que el saber no ocupe lugar cuando la mayoría de lugares los ocupan gentes que rechazan categóricamente todo saber. Cuando en todas las pantallas que hemos convertido en lugares no hay más que ‘influencers’ que prefieren llamarse creadores de contenidos y que ocupan mucho tiempo creando en serio contenidos irrisorios, robándonos un tiempo que es muy serio y publicando a cada rato unos libros ilegibles en los que desentrañan infantiles sus miserias, entre viajes de lujo y marcas caras, para advertir que sí; que el tiempo pasa rápido. Como si nosotros no lo supiéramos. Ya no tengo clara la importancia de si ese saber del que tanto se rehúye ocupa algún lugar o no en una época en la que todo el mundo sabe quién es Vito Quiles, pero no tantos Nieves Concostrina.
Al desdichado entendimiento le azotan también ráfagas lúgubres de incomprensión al leer las bonhomías de nuestros líderes políticos. Ya no tengo tan claro que el dinero no dé la felicidad cuando todos parecen tan felices anunciando unos veinte millones para la Facultad de Medicina y otros doce para una fábrica de drones ‘kamikaze’. Cuando no tienen reparo en gastar aún más para enterrar unas vías en las que ya se han gastado unos treinta millones, como tapando el problema más que buscando una solución para felicidad de nadie. Ya no tengo nada claro si el dinero la da o no cuando en los ojos de la gente a la que suele faltarle no veo asomo de dicha alguna.
Al menos tengo la certeza de que la salud es lo verdaderamente importante y ese saber no ocupa tanto lugar como la ristra de pacientes a los que cada día ve mi madre, que tiene la certeza de que el dinero no da la felicidad, pero se sabría más feliz si alguno de esos millones se invirtieran en sanidad pública. Yo por lo menos tengo claro que la salud es lo más importante y que los ‘riffs’ de guitarra se recuerdan más que cualquier solo. Y que los de ‘Money for nothing’ de Dire Straits y ‘Buitre no come alpiste’ de Extremoduro son los mejores de la historia –puede que de la mía–. Y que la lectura de Hesse ha de ser espaciada para que su literatura, como dijo Baroja de Dostoyevski, no resulte algo parecido a darse un baño en ácido sulfúrico. Y que no me gusta nada que entre mis referentes apenas haya mujeres, pero sí que, al menos, ninguno de ellos sea un ‘influencer’ que prefiera llamarse creador de contenidos.