Jorge Arias está desolado, a bordo de un canguro, nombre con el que se conoce en el argot penitenciario a la furgoneta que realiza la conducción de presos de un centro a otro. Está siendo conducido al centro de Alcalá Meco. Nervioso, se va retorciendo las manos, sin poder dejar de pensar en los 20 años que le pueden caer por una estafa grupal que comenzó siendo un juego y se fue de las manos. En su cabeza resuena la fatídica conversación mantenida con su abogado justo antes de subir: «No te agobies, la fiscalía nos ha planteado una rebaja si colaboráis y confesáis el delito. ¡¡Solamente 5 años para Eduardo y para ti!!». Él le había respondido a su letrado: «No tienen nada, sólo pruebas por delitos menores de un año, ¡un engaño para que nos delatemos!, y lo sé: Edu no me va a traicionar…»
El letrado insiste: «Te interesa confesar. Si él no confiesa y tú le destapas te ofrecen la libertad y toda la pena recaerá sobre él. Piensa en ti, Jorge». Él le escucha, pero en su mente solo resuena: «Edu no lo haría, Edu no lo haría….»
Sufre el llamado «el dilema del prisionero», modelizado , ya en 1950, por M. Flood, y ampliamente estudiado por múltiples matemáticos, como Nash, protagonista de la laureada película «una mente maravillosa» un biopic sobre este genio de la Teoría de Juegos. El dilema explica el conflicto en que entran el interés individual y el colectivo en la toma de decisiones. Después de múltiples análisis estadísticos y árboles de decisión, los matemáticos han llegado a la conclusión de que en el corto plazo, la elección que conduce al mayor beneficio personal, confesar en este caso, es la contraria a la más beneficiosa para el colectivo, un año para cada uno, si guardaran silencio.
Sin embargo, en la versión del dilema del prisionero iterado, donde se tiene que elegir sucesivas veces, las decisiones egoístas penalizan el clima de confianza y conducen a puntos de equilibrio peores para los que integran un grupo.
El cálculo de probabilidad nos muestra una vez más, que las asociaciones de personas capaces de colaborar anteponiendo el bien común al propio, proporcionan mejores resultados tanto a la comunidad como a las personas que la integran. Todos conocemos modelos de equipos coordinados que reman al unísono, empresas con un objetivo común en las que la cooperación mitiga la competitividad, familias unidas en las que la madre mira antes por el bien de su prole, parejas que parecen una sola persona, equipos donde las fuerzas no se suman, sino que se multiplican. Y en el lado opuesto equipos humanos fallidos por el clima de egoísmo individual de sus componentes.Jorge mira al cielo por la única rendija de luz que posee el funesto vehículo. Y recuerda a su abuela. Y piensa en sus enseñanzas: «lleva una buena vida, hijo, se honesto contigo mismo y con los demás, y recuerda: solo la verdad nos hace libres…».