Estamos en Semana Santa. Las multitudinarias procesiones recorren las calles después de meses de trabajo, de cuidar hasta el mínimo detalle.
Esta fiesta, que en León fue declarada en 2002 de Interés Turístico Internacional, atrae cada año miles de visitantes. Devoción, tradición, curiosidad o simples ganas de disfrutar de un ambiente festivo, cada cual la vive a su manera.
Todo momento para desconectar del caos que nos rodea es bienvenido.
Ese caos incluye las guerras y sus devastadoras consecuencias a nivel mundial con novedades que copan los informativos y que distan de ser alentadoras, además de verse en muchos casos adulteradas con bulos, ideología o discursos de odio.
Pero si hay una noticia que nos ha impactado a todos en nuestro país es la eutanasia que recibió el pasado jueves Noelia Castillo tras una larga batalla judicial, de casi dos años, para conseguirlo.
Cómo no, redes sociales, programas de televisión, prensa y demás medios de comunicación se hicieron eco de ello con un debate que sigue abierto aún varios días después de su muerte. Su caso ha sido muy mediático, ha generado una gran controversia.
No podía soportar más el sufrimiento físico y psicológico que padecía y decidió ponerle fin con dignidad. No se puede ni se debe juzgar.
Por desgracia hay cada vez más personas que se encuentran en situaciones desesperadas, esto se refleja en el aumento de suicidios, conductas autolíticas y de problemas de salud mental.
La cuestión es que existen unas cifras alarmantes de pacientes que esperan meses una operación o tratamiento para paliar un dolor crónico, de personas mayores que no reciben a tiempo una ayuda a la dependencia, que se ven afectadas por soledad no deseada. Muchos niños y adolescentes que no crecen en un hogar adecuado, que sufren bullying, ciberacoso…
Es correcto que exista el derecho a una muerte digna, como todos los derechos.
La pregunta, con los múltiples obstáculos que nos encontramos en la sociedad actual, es ¿qué ocurre con el derecho a una vida digna?