11/10/2026
 Actualizado a 11/10/2026
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En un momento concreto de ‘Digger’ –una película que, quizá por sus propias rarezas y por las altísimas expectativas depositadas en un director de la talla de Alejandro González Iñárritu, no ha convencido a casi nadie–, se discute si la pieza teatral que están montando los protagonistas es una comedia, una sátira, una farsa, una tragedia o una mezcla de todas ellas. Ciertamente, la última creación del realizador mexicano, siempre arriesgado no solo en las historias que cuenta sino, sobre todo, en cómo las cuenta, es un producto difícil de clasificar, tanto por la propia naturaleza de su lenguaje cinematográfico como por la realidad que trata de representar.

Iñárritu filma, con su habitual gusto por la grandilocuencia técnica y visual y por la verborrea trepidante –rasgos que le hicieron ganar el Óscar por ‘Birdman’ (2015)– los entresijos de un ensayo teatral basado en la vida del magnate del petróleo Digger Rockwell –a quien interpreta un Tom Cruise quizás ligeramente pasado de rosca, y mucho de maquillaje, pero cuya actuación resulta perfectamente acorde con el tono que el director imprime a toda la historia–, que pretende venderse como el salvador de un planeta que él mismo ha llevado a su destrucción. A partir de esta premisa, Iñárritu juega continuamente con los distintos niveles de realidad que se superponen en la película. Dentro del universo de la misma, el desastre provocado por la incompetencia y la ambición del protagonista se convierte unos años después en materia de una obra teatral. Pero lo que nosotros vemos no es directamente esa obra, sino sus preparativos, de manera que asistimos a la representación de una representación que, para los personajes, pertenece a su propio pasado. El juego se vuelve todavía más complejo porque aquello que los actores están representando se parece demasiado a la realidad en la que vivimos, una realidad que, además, ha alcanzado tal grado de absurdez que cuesta a veces creer que no sea inventada.

Y ese es el problema –que ya sufrieron películas recientes como ‘No mires arriba’ (Adam McKay, 2021) o ‘Mickey 17’ (Bong Joon-ho, 2025)– al que se enfrenta tanto Iñárritu como la sátira en general: vivimos en una distopía que ya de por sí parece haber sido escrita por un guionista satírico. Personajes como Donald Trump o Elon Musk, o como el Presidente Compson o el propio Rockwell, parecerían una farsa, una broma estúpida y de mal gusto, si la alianza entre un presidente ignorante y sin escrúpulos, sostenido en el poder por el fundamentalismo religioso, el racismo desvergonzado y el rechazo de la verdad científica, y un millonario narcisista que se cree una especie superior de ser humano situado por encima del bien y del mal, no estuviese teniendo ya consecuencias catastróficas, poderosamente reales y tangibles, tanto sobre el medio ambiente como sobre la humanidad entera. Lo grotesco, desafortunadamente, no elimina la gravedad de sus efectos. La pregunta que lanza entonces ‘Digger’ no es solo cómo representar una realidad disparatada, sino si tiene sentido hacerlo o qué puede hacer el arte ante ella. 

Iñárritu parece decirnos al final que, incluso en medio de la tragedia, o más bien después de ella, seguiremos teniendo la necesidad de reírnos de aquello que nos ha pasado y de aquellos que nos lo causaron. Porque, aunque las calles de nuestras ciudades se hayan vuelto inhabitables y estén inundadas por la subida incontrolable del nivel del mar, aunque estén repletas de mierda y basura por todos lados y a la salida de la sala tengamos que ponernos una máscara para no ahogarnos en medio de un aire irrespirable, seguiremos acudiendo al cine y al teatro en búsqueda de respuestas, de evasión, de un reflejo que nos permita entendernos. El problema es que reírnos, incluso después de que todo haya sido arrasado, puede constituir una última forma de soportar la tragedia cuando se ha renunciado ya a combatirla. 

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