Ayer y como cada cinco años a un servidor le tocó renovar su españolía, o lo que es lo mismo,el Documento Nacional de Identidad.
Y es que en estos tiempos que corren uno se pregunta no solo si no es ese carné que tiene un sitio preferencial en cada cartera (¿por qué esa necesidad de que se vea sin tener que sacarlo?) lo único que le identifica con este país, sino también si merece la pena pagar diez euros y sesenta céntimos por seguir siéndolo.
Decía Unamuno que a él le «dolía España» y lo cierto es que a estas alturas a mí ya me pasa como a ese abuelo que solo se acuerda de lo que le duelen los huesos cuando cambia el tiempo. Cuando cambia el tiempo o cuando hay elecciones, lo mismo es. Que siel de las chuches no le da la mano a ‘Pdr Snchz’. Que si Pablemos va a tener que hacer una puerta nueva en el Congreso para que quepan él y su ego. Que sial ciudadano le da igual ocho que ochenta mientras tenga caliente las posaderas... todo agotador.
Sin embargo, hay veces que más las ganas de creer en la gente que otra cosa sirven para venirse arriba con algo, pero es entonces cuando el informativo aparece para presidir la mesa a la hora de comer y poco menos que se le aparece Bill Murray anunciando que es el ‘Día de la Marmota’.
No avazamos. Cuando era pequeño y la televisión me atrapaba con aquella serie llamada ‘Los Supersónicos’ asumía que a mis 25 años conduciría mi propia nave espacial entre mi casa suspendida en el aire, el trabajo en alguna multinacional de Júpiter y la casa de mi abuela (esto no salía en la tele, pero yo me negaba a no poder comer las lentejas de Cristina día tras día). Quizás me había hecho demasiadas ilusiones, puede ser, pero lo cierto es que el presente es bastante decepcionante.
Ya no por el hecho de que el Fiat Punto que conduzco no levante un metro del suelo (salvo en temporada alta de baches, que en León es durante todo el año) o que ni siquiera alguien haya inventado un sistema para poner automáticamente la funda del edredón nórdico. Nada de eso. Simplemente lo es porque repetimos errores del pasado como buenos y estúpidos seres humanos que somos y además las generaciones más mayores se resisten a aceptarlo.
Que si un periodista de prestigio y de la vieja guardia pone a parir a un chaval que se gana la vida subiendo vídeos a Youtube (sin ser yo nada de eso, que diría aquella), que si hacemos algo tan típico de este país como escandalizarnos por una tontería (¿cuántos niños de los que vieron la obra de los ya famosos titiriteros se preocuparon por saber qué ponía en esa pancarta escrita en un idioma extraño?)... Está claro que a cogérnosla con papel de fumar seríamos campeones del mundo.
Y es que al final uno asume que no vamos a cambiar, que somos así y no hay más, que seguiremos mandando faxes y haciéndonos fotografías de carnet en alguna tienda a última hora para renovar un DNI que nos recuerde lo que somos.
Diez con sesenta
13/02/2016
Actualizado a
08/09/2019
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