Cuentan los estudios de prospección del mercado laboral que en las siguientes décadas existirán numerosos puestos de trabajo que hoy ni conocemos. Otros desaparecerán. Será así. Basta con mirar atrás y preguntarnos dónde han quedado los oficios de arriero, fogonero, peón caminero o sereno, entre otros muchos. Del mismo modo, tareas que hoy nos son comunes resultaban insospechadas para nuestros abuelos y abuelas: presentadora de telediario, analista de seguridad, árbitra, astronauta, etc. También es verdad que muchas otras labores, aunque a veces cambien su denominación, permanecen a pesar del paso del tiempo.
Por ejemplo, encargado del dicasterio para el culto divino y la disciplina de los sacramentos del Vaticano. Ni en los mejores servicios de orientación laboral nos advirtieron ni nos advierten todavía de que uno pude llegar a ser algo en un dicasterio, y mira que, por su perdurabilidad, tiene posibilidades el asunto. Bastantes, seguramente. En realidad, lo de dicasterio no es tanto un título personal como un departamento donde, no obstante, alguien trabaja. Y así se nombran desde Juan Pablo II los organismos especializados de la curia romana. Hasta dieciséis dicasterios tengo localizados, los hay para todos los gustos y para todo tipo de vocaciones profesionales, no se deberían desdeñar a la hora de buscar un futuro laboral con posibles.
Lo que vengo a decir es que, así como existen los dicasterios y no tenemos ni idea de ellos, bueno es saber también que hay otros oficios escondidos que no entran en nuestro horizonte ni por lo más remoto. Pero están. Yo tuve un amigo que se dedicaba a exportar puertas a San Petersburgo. Es decir, guiaba el proceso de fábrica a consumidor, entre La Mancha y Rusia. Así de simple. Y en Japón acaba de ponerse de moda, con gran éxito, el profesional de no hacer nada, se limitan a escuchar, comer y acompañar. Y, para los más adictos a la tecnología, cabe dedicarse a fotografiar en bici o a pie para Google Maps o Street View Trekker.