Nos acercamos al eclipse, día del año, o del siglo, más que la final de un campeonato mundial de fútbol. Hay turismo de eclipse, inhabitual, claro, porque no es algo que suceda todos los días. De siglo en siglo, con suerte. Ver ese eclipse total es la gran actividad del verano, subrayada una y otra vez en todos los medios, en todas las pantallas, en todos los papeles. Hay una cuenta atrás hacia el eclipse, un tic-tac. Una cuenta atrás de las buenas. En medio de tanto horror, en medio de estos tiempos tan sombríos que nos harán más ciegos (espero que no el eclipse: tomen sus precauciones) el gran fenómeno celestial acapara nuestra atención. No es un asunto menor, sino un asunto mayor, que diría Rajoy. El eclipse es la estrella. Lo eclipsa todo, lo bueno y lo malo. Es una salida. Por fin, algo con altura de miras.
Y a León, que no le suelen tocar muchas cosas en la gran lotería de los eventos de renombre, le ha tocado esta vez el eclipse. Gracias al cielo. Aquí hay, ya lo saben, una gran tradición astronómica, una gran historia de especialistas y aficionados siempre en busca de las estrellas (de adolescentes admirábamos el observatorio del Padre Isla como una rareza estupenda, como una marca diferencial, y, claro, ahí nos viene a la memoria la figura insoslayable de José María Pérez-Gómez de Tejada).
Mirar a las estrellas, en estos tiempos de vuelo bajo, en estos tiempos que viajamos tan a ras de suelo, va a funcionar casi como una metáfora. Claro que se trata, ante todo, de un hecho científico, de una realidad tan física que no necesita de lecturas fantásticas ni imaginativas, aunque siempre nos gusta pensar que hay algo de magia en ello. Los antiguos, en general, sin comprender el fenómeno (o, comprendiendo racionalmente su geometría, quizás desde la antigua Grecia, con Anaxágoras y Tales de Mileto, y a través de los astrónomos de Babilonia), concluían que era señal de cambios inminentes, cuando no el reflejo de la ira de los dioses. El castigo siempre fue la oscuridad. Los eclipses enloquecieron a veces al personal y también contribuyeron al conocimiento de la mecánica celeste. El mito y la ciencia se unieron en la contemplación de los cielos. La maravilla del mecanismo de Anticitera, por ejemplo, uno de los artefactos de la antigüedad más sorprendentes, ha tenido un largo recorrido, también en la ficción y en la poesía. Predecir eclipses era una lucha a brazo partido por imponer la matemática y la geometría, un intento de despojar al fenómeno de las creencias populares, que siempre han construido su propia interpretación de las cosas más inexplicables del mundo. No olvidemos que el ser humano también se explica a través de los mitos. Y, en no poca medida, seguimos haciéndolo. Me gusta que el eclipse capte toda nuestra atención, con lo fácil que resulta hoy en día no prestar atención a nada. Me gusta que, ahora que lo sabemos todo, ahora que lo entendemos todo, ahora que ya no pensamos en la ira de los dioses que lanzan sobre nosotros la oscuridad a modo de castigo, todavía este fenómeno celeste sea capaz de mover masas de gente en busca de las mejores posiciones para su observación. Algo que ha de verse en la naturaleza, directamente (con su protección, claro está), y no a través de una pantalla. Casi me emociona esta acción cosmológica, esta pasión por las estrellas. Esta manera de olvidar de pronto nuestra furia.
Hace siglos podría ser una señal de apocalipsis. Hoy, los apocalipsis están más bien aquí abajo. Cada día recibimos sus fragmentos, casi en cada noticia. Vivimos en ese vértigo pequeño y doloroso de los asuntos de superficie, incluso de todas esas cosas que suceden por debajo, y que nos abordan de vez en cuando. Porque lo cierto es que no hay tregua. Porque no se permite al ser humano contemporáneo vivir alejado de la alarma y del vértigo. Me emociona pensar en cientos de miles de personas, en millones de personas, observando a campo abierto la maravilla de la mecánica celeste, algo tan grande e inalcanzable, acostumbrados como estamos a gestionar las inquietudes de lo cotidiano, los males del día, las tragedias que erizan nuestra existencia. Porque el eclipse total ha llegado a demasiadas cosas. Que pensemos en esta belleza del cosmos y apartemos de un plumazo tanta fealdad contemporánea es un extraño gesto de cordura.
Este es un tiempo de sombras y oscuridades. La tiniebla que cae sobre nosotros a cada instante y los males soterrados que afloran se parecen en realidad a un eclipse continuo que, sin embargo, no sabemos explicar del todo. La mecánica de la geoestrategia que cada vez depende más del ejercicio de la fuerza (Stephen Miller), la mecánica del nuevo autoritarismo, que no deja de crecer en lontananza, goza de menos interpretaciones que la mecánica de los astros. Los apocalipsis están aquí abajo, están entre nosotros. No en estos miedos irracionales que llegaban a los antiguos desde las estrellas. Los apocalipsis nos rodean en tiempos de testosterona, descrédito del conocimiento y narcisismo. Todo parece dirigirse a una especie de sociedad adormecida, exhausta, silenciosa y carente de nervio, en la que nos acomodaremos a lo que nos venga dado con suma facilidad, ya sea comida rápida o pensamiento rápido, cuyos componentes nunca serán revelados para nuestra tranquilidad. Esta es la sociedad del take away: me temo que también en lo que se refiere a las ideas. Todo nos será entregado a domicilio: el pensamiento empaquetado. Y deberemos firmar la entrega. Enfangados como estamos en discusiones bizantinas, acorralados por la necedad de tantos negacionismos, parece casi un milagro que un evento de la naturaleza haya concitado la atención de esta distraída audiencia contemporánea a la que sin duda pertenecemos.
Puede que estas sean las crudas consecuencias de lo que, como ya hemos escrito aquí en varias ocasiones, Byung-Chul Han ha llamado «la sociedad del cansancio». Agotados por las exigencias cotidianas, por la necesidad de atender mil estímulos, por la búsqueda del triunfo y del reconocimiento a toda costa (sin saber muy bien qué es eso del triunfo), los ciudadanos del mundo desarrollado de hoy se han convertido en una diana demasiado fácil para los grandes manipuladores bajo la luna. Puede que esto explique la perniciosa deriva a la que estamos asistiendo, prácticamente a nivel global. Un ciudadano inerme, agotado, que ha sido aleccionado para autoexplotarse, para mirar a muchos lados, pero sólo unos segundos, para buscar el éxito y ser, sobre todo, muy productivo, es el objetivo perfecto de los que nos ofrecen paquetes cerrados de pensamiento autoritario, que nos darán, dicen, satisfacciones inmediatas, sobre todo a los más insatisfechos.
El eclipse nos traerá un silencio y una oscuridad breve y aleccionadora (en torno a dos minutos y dieciocho segundos, creo entender). Es un fenómeno que, como dirían los Románticos, nos demuestra que la naturaleza es demasiado grande para nosotros. Pero de alguna forma, el eclipse nos devuelve a nuestro ser, a nuestra propia búsqueda de la verdad y la belleza, a nuestro deseo de sacudir con alegría el árbol de los sueños. Necesitamos cosas que nos hagan volver a nuestra esencia humana. Volver a mirar y ver.
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