Se ha ido Diane Keaton, es decir, la sencillez, la elegancia, la valentía incontenida, la pasión cinematográfica, la revolución silenciosa, la calidez de la mirada, la belleza del alma… Era ella el cine, la vitalidad, la ruptura que obnubila al vidente con la gracia de su intensidad cautivadora. Era ella la Annie Hall de la que toda persona se ha enamorado; nadie ha podido transmitir con esa naturalidad el nerviosismo del amor instantáneo.
Incapaz de que su frescura interpretativa no fuera el centro de la escena. Todo era suyo, agarraba cada diálogo a su campo a través de la sobriedad, adquiriendo para sí lo más profundo del personaje. Nada escapaba, porque cuando ella entraba, lo hacía con delicadeza pero con un brillo ascendente y penetrante. Manhattan fue el reverso de Annie Hall, centrando la reflexión sobre la parte más sombría de un amor neoyorkino, mientras ella contraponía la fuerza, sofisticación e ironía a su propia vulnerabilidad emocional. Podía adaptar su ser, su personalidad, a todo detalle que el propio personaje requiriera, componiéndose a sí misma con el mimo que ese metraje necesitaba.
El Padrino, Love and Death, Reds, Interiores, Father of the Bride, Manhattan Murder Mystery, Marvin’s Room, Something’s Gotta Give y hasta en The Young Pope. Nada fue más agradable que verla junto a Jack Nicholson, dos estrellas de ese cine rupturista, en una comedia romántica.
Su ímpetu iba consigo en todo momento, no había actuación, tan sólo una Diane Keaton con diferentes tintes. Fuera siempre se mantuvo, sin miedo a la vejez porque era la suya, sin dejar que la estética de Hollywood la contagiara, porque lo físico es menor frente a lo que podría cautivar un alma, un corazón, una forma de ser. Su sombrero, sus chaquetas, sus corbatas; nunca exceso, nunca fastuosa, siempre exquisita, siempre agradable.
Me adhiero a Woody Allen: «Hace unos días el mundo era un lugar que incluía a Diane Keaton. Ahora es un mundo que no. Por lo tanto es un mundo más triste. Aun así, están sus películas. Y su gran risa todavía resuena en mi cabeza». Descanse en paz.