Estos días hemos asistido a la conmemoración de la concesión al escritor leonés, Julio Llamazares, del Premio Nacional de Narrativa por su libro ‘El viaje de mi padre’ en el que recorre él mismo el que hiciera su padre, un joven estudiante de magisterio, en el año 36, para alistarse como soldado de trasmisiones en el ejército rebelde.
Literariamente hablando, una empresa un tanto complicada, con la distancia de 90 años transcurridos de aquella. No se trata, pues, de un pasado propio (pues él no había nacido) sino del pasado común o colectivo con el que también debemos dialogar, naturalmente. Pero, literariamente es más difícil que dialogar con el pasado propio. Aunque la maestría de «nuestro» Julio nos demuestra, una vez más, su facilidad para convertir en arte todo cuanto toca.
Su experiencia ha sido determinante. Primero hubo de lidiar con un pasado de niñez cercenada al basar sus poemas en Vegamián, donde naciera y viviera dos años, que fuera inundada por un pantano obligando a la gente a huir apenas con lo puesto. Después, con un valle de Sabero en plena actividad minera que terminaría también por ser reducido a cero años más tarde.
Pero lo más grave parece haberse presentado ahora, ante la situación de la España actual, pues declara: «España me empieza a dar miedo» con lo cual, el salto cualitativo es importante, pues el miedo a dialogar con el pasado se traslada de pronto al miedo a dialogar con el futuro. Y en eso, mucho me temo, ni Julo ni ninguno de los grandes escritores dispone de herramientas para meterse en ese pasaje ardiente.
Gran especialista, y delicado artesano para pulir la «pátina del tiempo» habrá de intentar meterle el diente a lo que nos aguarda, a no ser que su provecta edad le acerque a la desesperada tranquilidad que le afecta ya a la generación anterior e la suya en la que se encuentra este cronista. Y es que, al igual que le ocurrió a su padre, a las guerras se va cuando se es joven y se piensa uno todavía que es posible cambiar el mundo. Para mejor, se entiende.
Porque, a la madurez, las revoluciones le suelen ya dar mucha grima a los incrédulos. Porque las hace los hombres. No como antiguamente que las hacían los dioses. Al presente le comienza a dar pánico. Ni a votar se atreve.
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