Cada verano, para los nacidos en aldeas y residentes en ciudades, se vuelve a presentar, en vacaciones, el dilema de si consentir en todo con los residentes para evitar la discusión, o presentar una vez más sus argumentos, provocando así un cierto malestar en la convivencia.
Incluso con los hermanos y parientes: Que si yo ayudé a hacer los adobes de esta casa; que si dón de estabais vosotros. Por ejemplo hay quien estaba en el seminario, o en los frailes, estudiando. Por eso no ayudé con los adobes. ¡Ah! Claro.
Unos estudiando y otros trabajando...
Y ahora todos queremos la casa...
Pero, la pregunta no es de quién es la casa, una vez muertos los padres, sino de quién es el pasado. Porque el pasado se presenta como algo indestructible, pero interpretable. Y, como dijo Javier Cercas: (La Razón 5.11.1919)»Con el pasado no acabas. Tienes que dialogar con él. Y no convertirlo en un instrumento político»
La eterna controversia entre la ciudad y la aldea, permanece abierta y, aunque los contendientes sean hermanos (y más si no lo fueren) los rifirrafes se siguen produciendo. Y más en nuestras tierras, hoy amenazadas por las grandes instalaciones de biogás o de fosfatos. cuya aparición es inminente y cuyos efectos negativos pueden resultar definitivos para el campo.
Antes fueron los pantanos, los tendidos eléctricos, y toda suerte de cambios en el modo de vivir labriego y pueblerino, unas veces justificado y otras no tanto. Pero el hoy provoca desencuentros que hemos de afrontar para no romper del todo el hilo que nos ha traído hasta aquí, hasta etse tiempo de cambios climáticos y de infancias abierta al mundo por pantallas electrónicas. Hasta las cigüeñas blancas están cambiando de rumbo.
Uno de los mayores expertos en estos asuntos, el gran amigo de Vegamián, Julio Llamazares, que ya hiciera de esto libros como «Distintas formas de mirar el agua» ha salido a la palestra estos días y nadie mejor que él que se quedó hasta sin pueblo por culpa del pantano. Julio, a quien un día en Italia le dijera un asistente a su evento: «Tus escritos me dan calambre» y que suele volcar en su palabra la ansiedad que le produce este asunto del que venimos hablando; «La literatura es la purga del corazón» Léase, sino, su: «Río del olvido»
Aunque convendría, piensa el cronista, ir siempre un poco más allá en esta materia. Hasta llegar a otro que tal, un tal Luis Mateo Díez, el cual distingue la nostalgia de la melancolía.
La primera puede ser un bálsamo para curar la ausencia; pero la segunda es siempre temible.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.