Félix Cuéllar

El día que dejemos de pensar

31/10/2025
 Actualizado a 31/10/2025
Guardar

No sé si te has dado cuenta, pero cada vez pensamos menos. No porque no queramos, sino porque ya hay alguien –o algo– que lo hace por nosotros. Vivimos rodeados de pantallas que nos dicen qué ver, qué leer, qué escuchar e incluso qué sentir. Las plataformas no solo adivinan nuestros gustos: los moldean. El móvil te sugiere las palabras antes de que las escribas, los algoritmos te muestran justo lo que quieren que veas y los titulares diseñados para captar tu atención terminan decidiendo por ti qué temas «importan» y cuáles no.

Y tú, sin darte cuenta, acabas creyendo que eliges. Pero no eliges: sigues un camino invisible que alguien más trazó, una ruta que guía tus opiniones, tus deseos y hasta tus emociones. Nos hemos acostumbrado a no cuestionar nada. A aceptar sin filtro lo que llega a nuestra pantalla. A repetir frases hechas, ideas que suenan bien, opiniones que otros ya han pensado. Y eso es peligroso, porque cuando dejamos de usar la cabeza, otros la usan por nosotros.

Pensar de verdad cuesta. Implica silencio, tiempo y profundidad. Exige mirar las cosas desde ángulos incómodos, dudar de lo que siempre diste por cierto e incluso admitir que estabas equivocado. Pero hoy nadie quiere eso. Vivimos en la era de lo instantáneo: preferimos lo rápido, lo cómodo, lo que confirma lo que ya creemos. Así nos convertimos en consumidores de ideas prefabricadas, llenos de información pero vacíos de criterio.

La inteligencia artificial es, sin duda, uno de los mayores logros de nuestra época. Es útil, eficiente, fascinante. Pero no nos equivoquemos: el riesgo no está en que las máquinas sean más listas que nosotros, sino en que dejemos de pensar porque ellas lo hacen mejor o más rápido. Si dejamos que la tecnología piense por nosotros, poco a poco perderemos la capacidad de hacerlo por cuenta propia. Y cuando eso ocurra, ¿qué quedará de nuestra humanidad?

No se trata de temer al progreso, sino de recordar que hay cosas que no pueden delegarse: sentir, imaginar, crear, reflexionar, dudar. Esas facultades siguen siendo exclusivamente humanas, y si dejamos de ejercitarlas, se atrofiarán como un músculo que no se usa.

Quizás ha llegado el momento de parar un instante. De leer sin prisa, escuchar sin distracciones y mantener conversaciones reales, de esas que te remueven por dentro y te obligan a pensar. De atrevernos a estar un rato sin mirar la pantalla, a quedarnos solos con nuestros pensamientos, aunque al principio incomoden.

Solo quien se pregunta por qué, puede descubrir su propio camino. El día que dejemos de pensar, dejaremos también de ser libres. Y sin libertad interior, ninguna inteligencia –ni humana ni artificial– podrá salvarnos. Pensar es un acto de rebeldía. Es recuperar el timón en un mundo que quiere dirigirnos sin que lo notemos. Y quizás ahí resida la verdadera revolución: en volver a usar la mente como un faro que ilumina. Tal vez el mayor acto de libertad sea atreverse a pensar cuando todos prefieren distraerse.

Lo más leído