Nacho Barrio

El día que cerraron las puertas abiertas

26/06/2026
 Actualizado a 26/06/2026
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La historia trágica de Gregorio Ordóñez volvió a mi cabeza hace pocos días. El que fuera concejal del Ayuntamiento de San Sebastián, asesinado por ETA en 1995, protagoniza un documental de Movistar que me vi del tirón la semana pasada. Conocía la historia, sabía del atentado que acabó con su vida en el Bar La Viña, de la amenaza permanente y de aquella situación que hoy parece de otro siglo. Sin embargo, hubo un detalle que me llamó mucho más la atención que cualquier discurso. Todos los entrevistados para la pieza recordaban que su despacho estaba siempre abierto. Que cualquier vecino podía pasarse por allí a contarle un problema concreto porque esas puertas no cerraban.

Me quedé dándole vueltas.

No porque quiera caer conscientemente en esa trampa mental de que todos los políticos de antes son mejores que los de ahora. Cualquier tiempo pasado simplemente fue anterior, y ya. Seguramente también entonces habría políticos que se escondían detrás del secretario de turno, ciudadanos que confundían cercanía con barra libre y despachos donde entrar era misión imposible. Como ahora. Pero aquella imagen de una puerta abierta dice bastante de una manera de entender el cargo.

Hoy antes de hablar con un cargo público suele haber un formulario, una secretaria o una dirección de correo.

La cita previa es uno de los males que nos dejó la pandemia. Hace falta para todo, precisamente en los tiempos en los que las apps de citas prometen amor o loquesea facilitando el trámite.

Hemos ganado eficacia en muchas cosas, no seré yo quien lo niegue. Pero por el camino también hemos ido levantando unas cuantas puertas y algún muro de hormigón armado.

Los tiempos de Ordóñez eran infinitamente más difíciles que los actuales. Precisamente por eso resulta llamativo que quienes convivían con escoltas, amenazas y balas en el buzón encontraran tiempo para mantener una puerta abierta.

Por eso quiero reivindicar ese detalle de la política cercana. La del que está para servir y no para ser servido. La del alcalde que no apea el mono y es el primero que arregla la zanja. O la del que nada le frena si la meta es el bien común. Porque un concejal no solo está para la moción que no pasa del Puente Villarente. Está para escuchar. Para pisar la calle. Para dejarse encontrar. Para asistir a ese acto del barrio que quizá no salga en ningún periódico y en el que, entre un vino español y un corrillo improvisado, alguien le contará el problema que lleva meses sin saber dónde plantear.

Últimamente escucho con cierta frecuencia una idea que me sorprende. Hay quien sostiene que los concejales no tienen por qué ir a tantos actos. Que bastante tienen con sacar adelante su trabajo desde el despacho. Puede que sea verdad. También un médico podría limitarse a leer análisis sin mirar a los pacientes o un periodista escribir sobre una ciudad sin salir nunca de la redacción.

Seguramente sería más cómodo.

El problema es que hay una parte del oficio que no aparece en ninguna descripción del puesto. Quizá por eso aquella puerta abierta de Gregorio Ordóñez me pareció mucho más moderna que muchas oficinas actuales. No era una cuestión de arquitectura. Era una forma de recordar que un cargo público ocupa un despacho, sí, pero sobre todo ocupa un lugar entre la gente.

Las puertas cerradas dan tranquilidad. Las abiertas, trabajo. Y sospecho que quien decide dedicarse a representar a los demás debería tener bastante más de lo segundo que de lo primero.

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