Hay algo que siempre llega después de una desgracia: la visita institucional. El político con el chaleco, el gesto serio, las botas en el barro y alguna declaración sobre coordinación, colaboración y unidad. Todo muy solemne. Todo muy necesario. Todo, también, demasiado tarde.
En Manzanedo de Valdueza han muerto dos mujeres. Dos familias tienen ahora un vacío que ninguna declaración podrá llenar. Y eso obliga a respetar el dolor, pero también a mirar atrás, cuando todavía no había barro en las calles ni piedras sobre las carreteras y los problemas no salían en las fotografías.
Después de la riada parece que todos tienen claro que hay que remar juntos. Diputación, Ayuntamiento, Junta, Gobierno. Todos a una. Qué pena que esa unanimidad no sea tan fácil de encontrar cuando no hay barro, cámaras ni tragedias de por medio.
Porque los montes no se incendiaron ayer. El verano pasado ardieron miles de hectáreas y quedaron laderas desnudas y un territorio más vulnerable. El fuego se apagó, pero el problema no. Quedaba por delante el trabajo, menos vistoso y más incómodo, de cuidar aquello que había quedado atrás.
Y aquí aparece una de esas paradojas tan nuestras: para limpiar el monte después de una tragedia siempre parece haber una administración competente; para limpiarlo antes, la competencia se vuelve misteriosamente más difusa. Cuando toca prevenir, el problema tiene muchos padres. Cuando toca hacerse cargo, el árbol genealógico se complica.
Se ve que el barro tiene una virtud: consigue reunir a todo el mundo. Más poder de convocatoria que cualquier pleno. De repente aparecen responsables de unas administraciones y de otras, todos dispuestos a arrimar el hombro. Y, por supuesto, también aparece la cámara. Qué mala suerte que los pueblos destrozados y las carreteras anegadas, cuando llevaban meses reclamando atención, no resultaran un escenario tan fotogénico.
Lo discutible no es que los responsables públicos estén allí. Deben estarlo. Lo discutible es que parezca más sencillo encontrarlos cuando el agua ya ha entrado en los pueblos que cuando todavía había tiempo para evitar algunas consecuencias. Debe de ser que el lodo funciona como una especie de GPS institucional.
Quizá el problema sea que la unidad tiene un curioso sentido del calendario: llega siempre después de la desgracia. Antes hay competencias, expedientes y reproches. Después, todos descubren la virtud de remar en la misma dirección. Lástima que para entonces el agua ya haya bajado por donde no debía.
Quizá algún día consigamos invertir el orden. Que primero trabajen juntos, que se limpien los montes y que se prevengan los riesgos y, si todo sale bien, no haga falta ninguna foto junto a una carretera anegada.
Porque entonces no habrá tragedia que fotografiar. Y quizá esa sea, precisamente, la única fotografía que merece la pena.
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