No lo recordarán, claro, pero no es la primera vez que utilizo este titular para encabezar la primera columna del año. Lo he hecho varias veces, y, en este periódico, hace cinco o seis años, lo que viene a demostrar, al menos para mí, que ya el futuro se mostraba complicado y lleno de incertidumbre, y mucho más propenso a los despropósitos que a los buenos propósitos.
Es un juego de palabras, claro, pero creo que con mucha base real. Ya saben que en cuanto comienza el nuevo año empiezan a bombardearnos (esta vez, la expresión es metafórica, no como sucede en las noticias que llegan de América): lo hacen con esos recurrentes propósitos para los próximos doce meses, aunque todavía dura la pasión poética por los anuncios de colonia. Perfumes, quizás, para sobrevivir en una actualidad que apesta un poco. Perfumes que hablan de libertad, del aire y el agua. Ay.
Lo de los propósitos viene de esa cosa tan anglosajona, ‘New Year Resolutions’, porque, en general, adoptamos todas las bobadas globales. Se supone que el nuevo año nos viste de una luz nueva y nos desnuda de los males pasados, y, como sucede en la noche de San Juan, hay que dejar que arda todo lo negativo, ejecutando algunos ritos y algunas liturgias, ya sean inspiradas por las supersticiones o por las creencias habituales o por alguna pulsión más personal, alguna magia que nos toque de cerca. O, simplemente, porque nos gustaría que el año empezase de verdad cual ‘tabula rasa’, una página en blanco en la que escribir nuevos reglones de la vida, sin que pesen mucho los que hemos escrito en el año recién terminado. Ya saben que nadie empieza de cero, aunque lo desee. Pesa la memoria y la experiencia, y algunos años arrastran los viejos escombros hasta el final, y las penas, y los duelos, aunque pueda haber alguna alegría.
No quiero parecer pesimista en exceso, ni victimista, como decía la semana pasada, pero sigo creyendo que el nuevo año semeja más propicio para los despropósitos que para los propósitos. Más que renovación, tengo la sensación de que viajamos hacia atrás (tecnología aparte), hay un gran movimiento global que pugna por retroceder, y no sólo ideológicamente. En fin, estoy seguro de que no todo el mundo estará de acuerdo. Lo que no voy es a insistir en el enfrentamiento que caracteriza a estas sociedades de los últimos años, en las que ha prendido el fuego de la discordia, ya sea real o de diseño. Desde luego, cierta política parece sacarle mucho partido al enfrentamiento extremado, a la colisión de ideas y pareceres, algunos casi viven más del no que del sí, pero me pregunto si los ciudadanos también le sacamos partido a todo eso. Claro que cada uno tenemos una opinión sobre el mundo, sobre nosotros, sobre los demás, sobre todo lo que nos rodea, pero no creo que eso deba utilizarse como arma arrojadiza una y otra vez. Demasiados afanes traen ya los días por sí solos.
Pero, en fin, es obvio que vivimos tiempos emocionales y extremados, y que muchos los utilizan para su propio beneficio. Lo vemos cada día. Y parece una de las características de la política contemporánea. Somos nosotros los que no debemos caer en esa trampa, que no es otra cosa que pura estrategia mediática, puro cálculo, parte del paquete propagandístico.
Ahora bien: hay asuntos de gran calado sobre los que no podemos pasar de puntillas. Bendito aquel tiempo en el que los propósitos más importantes, al inicio del año, tenían que ver con ir al gimnasio o aprender inglés. Bueno, seguro que también resisten en esa lista con la que pretendemos renovarnos. Hay propósitos más domésticos, más cercanos, sin duda muy relevantes, pero hoy es imposible encerrarse en una burbuja y olvidar el mundo. Y el mundo se muestra con un rostro muy preocupante, casi surrealista. Como hoy lo vemos todo, y contemplamos pantallas sin cesar, es imposible ignorar toda esta deriva. No puedes decir que nada te influye, porque todo influye en todo. La Historia nos influye. El mundo ya no es nuestro vecindario. Y probablemente nuestra casa ya no es nuestro castillo.
En fin, no quiero amargarles la noche de Reyes, que es justo esta noche. Ojalá todo se pudiera conseguir con esa magia. Aunque, sin duda, un poco de magia siempre será necesaria en nuestras vidas. Pero, mucho más, la ciencia y la razón. Me sorprende cómo la ciencia, en pleno siglo XXI, ha sido puesta en cuestión una y otra vez. No ya por los negacionistas de esto y aquello, aunque también resulta un tanto increíble, por no decir surrealista, que se sometan a enérgicos debates asuntos harto probados científicamente. Como decía Rafael Guerra ‘El Gallo’, “hay gente pa tó”.
Pero, más allá de las barbaridades que ponen en cuestión el conocimiento científico, me preocupa el despropósito que lleva, por ejemplo, a descreer de la democracia, algo que está sucediendo en el mundo de hoy. Esa compra indiscriminada de argumentos peregrinos y afirmaciones increíbles que llegan desde ciertos lugares del espectro político, y que son presentados como parte de una revolución que, dicho sea de paso, confía más en la ignorancia que en la ciencia. Existe una cierta celebración en torno a todo esto. No comprendo cómo hemos podido llegar al final del primer cuarto del siglo XXI en este estado, o sea, con esta falta de análisis o de pensamiento crítico. De esta forma, me parece que será muy difícil acometer un mundo que se ha complicado mucho. Un mundo que da mucho miedo. Estamos comprando todos los boletos posibles para el caos.
Ojalá me equivoque y 2026 no venga cargado de despropósitos. Pero la cosa no pinta bien casi desde el primer día. Ya vieron cómo Trump inauguró el año. Un paso más (por mucho que se pueda estar en contra de Maduro) en la construcción de un mundo sin respeto por el derecho internacional, y basado en el uso de la fuerza militar para conseguir ventajas territoriales, económicas o de otro tipo. Como otros, sí. Este nuevo orden, o mejor, este nuevo desorden, nos trae el perfume de los viejos imperios. Se parece mucho al ‘bullying’ político, y se asienta en una propaganda (más bien, pura palabrería pseudopatriótica para entusiastas de lo emocional) que muchos apoyan y celebran. Lo increíble es que haya una buena parte de la población que esté dispuesta a aceptar un mundo así.
Cualquiera de nuestros humildes propósitos domésticos (el gym, o adelgazar) quedará eclipsado por la gran sombra de los despropósitos que están en marcha. La fuerza parece volver a ser un argumento para conseguir lo que se pretende. No pinta nada bien, en ninguna parte. Y tampoco en Europa. Es duro decirlo. Pero no olvides que tú, como yo, eres parte de la solución, no un mero espectador que sólo contempla el desastre.