Que Isaura Martín-Granizo haya tenido que esperar 89 años para recibir su título de maestra es una noticia que debería provocar algo más que una sonrisa de ternura. Porque esta leonesa de 110 años, que terminó sus estudios en 1937 y no pudo recoger su diploma por las circunstancias políticas de aquella España que algunos añoran hoy en día, es también un ejemplo de lo selectiva que viene siendo nuestra memoria histórica. Nos preocupamos –y está bien que así sea– por reparar las injusticias de quienes perdieron la vida durante la guerra o el franquismo, pero hemos necesitado casi un siglo para acordarnos de que a Isaura le debíamos un título. Y seguramente quedan muchas Isauras esperando que alguien se acuerde de ellas.
Algo de esto le contaba Serrat al director de este su periódico en una entrevista que sin duda merece más atención que muchos discursos parlamentarios. Decía el cantautor catalán que si los abuelos hubieran contado a sus nietos los horrores de la guerra y la dictadura, quizá no habría tantos jóvenes nostálgicos de un régimen que no conocieron. Y tiene razón. Como también la tendría quien recordase que la memoria histórica no puede convertirse en patrimonio exclusivo de una ideología. Porque las víctimas de ETA también tienen memoria, aunque algunos prefieran modular el volumen del recuerdo dependiendo de dónde vienen los votos o de con quién necesitan pactar. Y tampoco faltan quienes recuerdan con todo lujo de detalles los crímenes terroristas mientras encuentran disculpas para los cometidos durante la dictadura. La memoria no debería tener carné de partido, pero hemos conseguido convertir en munición electoral hasta el dolor de las víctimas.
Y así nos va en esta España de trincheras, populismos y polarización en la que nos incitan a votar con las vísceras para que no lo hagamos con la cabeza. Unos dicen que viene el fascismo y otros que acabaremos con acento venezolano mientras los problemas de verdad esperan turno. Serrat decía también que necesitamos aprender a escuchar y a descifrar la mentira, pero nuestros dirigentes prefieren que escuchemos solo a quienes nos dan la razón. Porque es mucho más rentable fabricar enemigos que ofrecer soluciones que puedan beneficiarnos a todos.
Y por eso, puestos a ejercer la memoria histórica, conviene aplicarla también al mapa de las autonomías, que tanto nos ha dado, sobre todo disgustos, promesas incumplidas y cuatro décadas de oportunidades perdidas. Pero no interesa hablar de eso cuando se acercan unas elecciones en las que volverán a pedirnos que salvemos España de los malos, sean quienes sean los malos, porque así no recordaremos a quienes nunca se han ocupado de salvar León.
Así que, tras desear hace dos semanas en estas mismas líneas que gane el mejor, creo que lo importante no es quién gana, sino qué recordamos al votar. Isaura necesitó 89 años para recibir lo que era suyo y nosotros llevamos más de cuatro décadas esperando que alguien nos explique qué hemos ganado en este engendro autonómico. Cosas de la memoria y la desmemoria.
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