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Desideologización

25/10/2026
 Actualizado a 25/10/2026
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Tan por lo común a remolque, esta comunidad autónoma se pone a la cabeza de según qué novedades. Fuimos pioneros en meter a la extrema derecha en un gobierno –¿«frankenstein»?– y ahora lo somos en recuperar una de las tradiciones más genuinas de nuestra historia negra: la censura. Ha llegado, como muchas novedades, de la cultura, de la Consejería de un ramo que, habitualmente, revela intenciones más temprana y claramente que otras. Dizque se dejará de apoyar con dinero público aquellos proyectos cinematográficos que no observen neutralidad ideológica. Se penalizará el apoyo partidista o ideologizado. Todo ello adobado con críticas al único festival de cine regional que conoce el mundo, la Seminci, por «adoctrinamiento».

No cabe extenderse mucho sobre por qué depurar de ideología cualquier actividad supone el predominio de una ideología concreta y dañina. Como decían en las (ideologizadas) películas de gánsteres, «si tengo que explicarlo no lo vas a entender». Es una prueba del algodón; como cuando alguien afirma ser apolítico (es de derechas o ultra) o que «no es racista, pero». No existe la neutralidad ideológica, como no existe decisión que no implique posición política. Negar esa evidencia solo puede llegar desde una práctica concreta: la manipulación y el control ideológico. Algo que en este país se practicó con notable éxito durante casi medio siglo.

Resulta por ello curioso el escasísimo eco de este asunto en la prensa regional, lo que, por otro lado, contrasta con su repercusión en medios estatales. Preocupa más un estreno de cine comercial, no el cine que podrá filmarse aquí. Por otro lado, más allá de su trascendencia, este gesto podría ser una metedura de pata antes del 29 de noviembre por su carácter revelador, de pronóstico. Después, en el peor de los casos, se convertirá en anécdota.

Hace quince años el movimiento 15M y los partidos que pretendieron heredarlo usaban como argumento la necesidad de acabar con el legado de la Transición y el «régimen del 78», afirmación que encrespaba a los demócratas más ortodoxos, pese a los evidentes disimulos e hipotecas que conllevó la transición a la democracia. Hoy, a pocas semanas de unas elecciones cruciales, puede que se esté proponiendo, sin airearlo, la liquidación de ese espíritu transicional y transaccional si, como parece, los grupos de derecha y ultraderecha vienen con ganas de asaltar cielos más plomizos. Cercenar las libertades, aniquilar estado de bienestar y derechos laborales y sociales e irrumpir con la arrogancia de los vencedores anuncia un futuro menos solidario, menos imparcial, mucho menos justo y, por supuesto, menos creativo.

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