Javier Cuesta

Desconexión rural

14/06/2026
 Actualizado a 14/06/2026
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Finales de mayo. Un Grupo de Acción Local organiza una jornada dedicada al emprendimiento de la mujer en el medio rural. Medio centenar de asistentes pensativos oyen hablar de formación y oportunidades. De visibilizar, abrir mercados, tejer conexiones, liderazgo y asesoramiento, sostenibilidad… y conceptos por el estilo que no pueden faltar en un encuentro así. Como tampoco podía faltar un experto que dirigiese una dinámica de grupo o hablase de reinventarse, palabra tan manida como vana (el `coaching´ grupal, ese invento, es productivo para quien lo imparte, poco rentable para quien lo soporta; pero de algo hay que vivir). Aunque la buena intención de la iniciativa era innegable, la duda sobre los resultados también. Puesto que asistí en calidad de oyente no tuve ocasión de ejercer de aguafiestas y hablar de un caso ilustrativo; casi mejor, para no desanimarlos en directo. Lo cuento aquí, quizá lo he contado más veces; la gente mayor repite las cosas. Hace años, en una localidad del Sur de León, se instaló una multinacional de explosivos y contactó con la carpintería que allí había por si les podían proveer de palés para enviar la mercancía al Musel. Era una pequeña empresa familiar y apenas tenía que hacer algún ligero cambio que permitiera esa fabricación. Les ofrecían el chollo de su vida: producir, desarrollarse, crecer. El padre contestó que lo que quería era colocar a su hijo, «porque esa fábrica tendría vigilancia ¿no?» Y ahí acabó la expectativa. Y el porvenir.Ese espíritu emprendedor nos define. En Cataluña hubieran ido a ofrecer sus servicios, no esperar a ser elegidos. Aquí, vemos lo que acontece cada día, en cada local, en cada negocio que cesa en su actividad: jubilación significa cierre. Da igual si hijos/nietos del que se retira están en el desempleo o rascándose los kiwis a dos manos. Iniciativa nula, continuidad cero. ¿Porqué? No hay delito en escribirlo: todos queremos trabajar en la Administración o todavía en la Caja de Ahorros, aunque ya se llame de otra forma. Si eso ocurre en la ciudad, no digamos en los pueblos, donde no llevas gente a vivir y/o a montar una empresa ni a lazo. Casos ejemplares resaltados en esa jornada –bodega en los Oteros, cooperativa agrícola en la Sobarriba, obrador en Tierra de Campos- son llamativos por ser aislados, admirables por excepcionales. La norma general no es esa, tristemente. Y no hay marcha atrás porque falla lo esencial: el cambio de mentalidad. Tanto hemos asimilado la idea del ocio y las compras, tan atrapados estamos por el ruido y la diversión. En el mundo rural no hay grandes almacenes ni gimnasios, no hay cajeros ni cafeterías chulas ni turistas de rostro amarillo que miran un cuadro o fotografían un monumento. Y sobre todo no hay una calle Ancha atestada de cabezas… y poder saludar y ser saludado; nuestro mayor antojo. Pero a mayores, como remate: Mañueco, improbable alegría de la huerta e hipotecado hasta las trancas por sus socios de gobierno, no habla precisamente de `Prioridad´ rural. Fin de la historia.

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