La Cabrera es, junto con Ancares, la comarca leonesa más ancestral, la que cuenta (o ha contado, ay) con una cultura tradicional con una mayor conexión con ese misterioso mundo de los orígenes.
La Cabrera cuenta con dos obras literarias estimables: la novela costumbrista ‘Entre brumas (Novela)’, de la que es autor José Aragón y Escacena, y que se publicara en Astorga, en 1921, en la Imprenta y Litografía de Sierra; así como con el hermoso libro de viajes, obra de Ramón Carnicer, titulada ‘Donde Las Hurdes se llaman Cabrera’, editada por Seix Barral en Barcelona, en 1964.
Mi tía Vicenta, hermana de mi madre, fue maestra en las dos comarcas ‘malditas’: primero, en Riomalo de Arriba, alquería de Las Hurdes; y después en Odollo, aldea de La Cabrera Baja.
Cuando le enseñé mi ejemplar del libro de Carnicer, identificó al personaje de una de las fotografías del libro. «–Este es Don Manuel –me dijo». Don Manuel era el cura de Odollo, así como de otras aldeas cabreirenses, en el tiempo en que mi tía Vicenta fue maestra en La Cabrera y, por lo que se ve (pues también lo cita en su libro por tal nombre), en el momento en el que el escritor villafranquino recorrió la comarca en su ya inolvidable viaje literario.
He ido muchas veces a La Cabrera. He recogido en ella, tanto en la Alta (con Corporales, para mí, como pueblo más paradigmático; sin olvidar Villar del Monte, pues, si no lo cito, mi amiga, tan querida, Concha Casado se enfada desde el cielo), como la Baja.
En el Museo que se creara, a instancias y debido al entusiasmo de Concha Casado, he hablado con Aurora, que me ha contado no pocas tradiciones de su mundo, así como con doña Olimpia, también arraigada en la comarca, ya que fuera maestra en ella.
En Ambasaguas, un ya lejano día de septiembre de 2004, un anciano, ya fallecido, Secundino Villarpriego, me relató (y lo edité en mi libro sobre ‘Leyendas de tradición oral en la provincia de León’, 2011) la leyenda del puente edificado con la ayuda del diablo, aplicado (como lo había recogido también en Las Hurdes) al acueducto de Segovia.
Ahora acuden hasta mi memoria tales recuerdos y vivencias sobre La Cabrera al hilo del fallecimiento del científico de origen cabreirés Amable Liñán, una eminencia de la ciencia, cuya figura está de más glosar aquí, dado el reconocimiento internacional que tiene.
Su figura, al contemplarlo en fotografía, menuda y con ese rostro tan ancestral (si así podemos decirlo) y característico, la he visto en otros paisanos de La Cabrera. Y, al reproducirla los medios de comunicación, me ha llevado a ellos.
Y me ha llevado, sobre todo, a percibir, una vez más, el mérito que tiene el que un individuo, procedente del mundo rural, apartado, olvidado y pobre, tenga la posibilidad –en realidad, la fortuna y la suerte– de que su talento y su valía salgan a flote.
En este sentido, la figura de Amable Liñán (a la que, por cierto, no he visto que se la encomie mucho en León) es paradigmática de esa valía humana, existente en nuestro mundo rural, y que tantas dificultades tiene para ser descubierta, ser apoyada y, por ello, poder salir a flote.
Otro paradigma de La Cabrera que me sobrecoge se halla en esa fotografía que captara Concha, en el momento en que realizara su tesis doctoral sobre el habla de La Cabrera, de ese grupo humano majando el centeno. Es sobrecogedora, porque capta esa sacralidad del ser humano más humilde, realizando, de modo comunal y responsable, una tarea para sostener encendido el fuego del existir.