Decir febrero es subir la persiana al despertar y camuflarse en gris. El agua suele ser bienvenida en el campo, normalmente cuando llueve a mares ese es precisamente nuestro consuelo, que al menos tanto aguacero beneficie a nuestros desprotegidos agricultores, pero ahora mismo ni eso podemos alegar, es demasiada. Por cierto, estamos con vosotros, con vuestras tractoradas, ojalá no se firme ese tratado tan injusto para nuestro sector primario. Cada vez se entienden menos, por muy europeístas que creamos ser, muchas decisiones de Bruselas. ¿Por qué este empeño en hundir la agricultura, la pesca y la ganadería autóctona? ¿Por qué tener que importar productos que para colmo no cumplen con sus propias normativas?
Se supone que la política debe solucionar los problemas de los ciudadanos, no complicarnos la vida. Todo son prohibiciones: no cultives, no pesques, no tengas animales, no fumes, no cojas el coche, no viajes, no comas esto y lo otro, no salgas, no uses las redes sociales, no estudies en centros privados como mis hijos. No hagas lo que yo hago, haz lo que yo digo. Por favor, ya está bien, déjennos en paz. Aplíquense ustedes sus normas si tan buenas son y pongan a pensar a esos angelitos de asesores que tienen por millares para que podamos tener todos una vivienda digna, sueldos decentes, menos inflación, una educación y una sanidad pública sin colas y de calidad, déjennos circular libremente, no molesten más.
En España nada funciona. Ni los trenes, ni los medidas contra incendios ni las unidades de emergencia ante catástrofes. No sé adónde va a parar esa cifra récord en recaudación de impuestos, desde luego no es a la mejora de infraestructuras.
Ahora mismo, Andalucía está inundada y son varios los ingenieros de caminos, como Jesús Contreras, que avisan a las autoridades de que cualquier día puede haber una tragedia por falta de inversión y mantenimiento de las presas. No sé ni cómo dormimos tranquilos.