Yolanda Casado

Depresión post-vacacional

06/01/2026
 Actualizado a 06/01/2026
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Ahora que las luces están apagadas. Ahora que las risas guardan silencio. Ahora que podemos sentarnos tranquilamente a descansar. Ahora, y solo ahora, me doy cuenta de lo sola y vacía que estoy.

Llegan las Navidades y los trenes me traen amigos y familiares que una vez tuvieron que marchar. Tuvieron que marchar porque aquí no había nada para ellos y eso me extraña, porque soy una tierra rica en recursos, en historia, en patrimonio… Al parecer, no fue suficiente. Con menos, en otros sitios han hecho grandes cosas, aquí... Aquí no. No busco motivos, no busco culpables, es que estoy de bajón, como dicen ahora.

Tengo la depresión post-vacacional esa. Hasta hace unos días mis calles estaban llenas de niños, de nietos, que corrían y jugaban con la despreocupación propia de la edad. Llenas de jóvenes de todas las edades tomando tapas, recordando cuando esto era algo de todas las semanas. Y ahora… Ahora vuelvo al parque, a comentar lo guapos que estaban todos, lo altos que estaban los pequeños, lo poco que los vemos… Porque hasta Semana Santa, con suerte, ya nos los vemos más. Incluso puede que tengamos que esperar al verano. Y poco, porque las vacaciones son lo que son y hay que visitar más lugares e ir a la playa… Y aquí, aquí vienen lo justo.

Los trenes que hasta hace unos días no paraban de llegar abarrotados de sonrisas, ya no llegan. Por mis calles ya solamente caminan los de siempre. Quizás un poquito más despacio, un poquito más tristes, que la pena que me atraviesa es contagiosa. Que distinto sería si no hubieran tenido que marchar. Si esos estudios que les pagamos hubieran podido dar su fruto aquí. ¡Qué Navidades viviríamos todo el año! Y no solo por la alegría de tener a los tuyos contigo, de ver a los retoños a diario y no en foto, sino por la ventaja de ser más. Porque hay cosas que van al peso, como la fruta. Es decir, que si el número de usuarios es mayor, la oferta de servicios, también. Y yo vuelvo a crecer, y me lleno de vida, y soy de nuevo una ciudad grande, reconocida, importante. ¿Será tarde para invertir la tendencia? Porque no quiero resignarme a ir desapareciendo poco a poco. Aún quedan jóvenes por mis calles ¿cómo podría retenerlos? No es tarde aún. No. Me niego a creerlo. Aún es posible…

Mi enojo se pierde en el silencio. No tengo a quien quejarme, solo soy una ciudad vetusta que añora tiempos de gloria. Tal vez solo esté pasando el duelo que me ha provocado ver lo que podría ser a diario y no solamente unos días del año. Tal vez solo esté cansada, y lo único que necesite sea cerrar los ojos y conformarme con lo que hay, tal vez… Pero no me convence. 

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