He leído ‘Vagalume’, la novela de Julio Llamazares, en mi Aleph particular. Valoré que sería mejor leerla con el canto de los pajarillos de fondo, con la ausencia de prisas, con la calma, que no con el ruido de fondo de la ciudad y la prisa que siempre late en el corazón urbano. La he leído en el campo, aunque la ciudad es protagonista de las páginas que leo. La ciudad que se dejó de joven en busca de mejores oportunidades –así comenzó a vaciarse esa España hoy vaciada– y a la que se vuelve cuando los viejos conocidos van muriendo. El aliento de Heráclito se posa sobre cada una de las palabras de este libro. La fugacidad del tiempo, de la vida, la imposibilidad de bañarse dos veces en el mismo río, de volver a la ciudad que se dejó, pues ni ella ni nosotros ni tampoco el río somos los mismos. Y sólo hay un puente desde el que contemplar el despiadado paso de los días, desde el que poder ver lo que somos hoy y lo que fuimos, ese puente es el libro y el barquero que nos cruza hasta la otra orilla es el escritor, único capaz de desentrañar el misterio que somos cada uno de nosotros «por ser el único a quien le importa un día de sol con la primavera anunciándose», porque «escribir te expulsa de la vida y a la vez te sumerge en el misterio».
‘Vagalume’, una novela de misterio, pero sin vampiros, sobre el único y verdadero misterio que merece ser resuelto, la vida, y con el único detective que puede darnos luz, aunque sea vagabunda, el escritor.
Y la semana que viene, hablaremos de León.
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