En menos de una semana hemos leído varios titulares que deberían bastar para detener cualquier conversación frívola sobre la igualdad ya conseguida. Una mujer llevaba dos años secuestrada por su pareja. Una madre y su hija fueron degolladas en su propia casa. Un padre asesinó a su hija. Y ahora, otro caso más: un hombre mata a su hijo, hiere gravemente a la madre y termina abatido por la Guardia Civil. No son episodios dispersos en el tiempo. No son excepciones estadísticas. Son hechos que comparten un mismo hilo conductor.
Y, sin embargo, el discurso público insiste en que la violencia machista está sobredimensionada. Que vivimos en el mejor momento para las mujeres. Que el feminismo exagera. Que hablar de violencia estructural es ideología.
La violencia machista no empieza con un cuchillo ni con un disparo. Empieza mucho antes. Empieza en el control disfrazado de amor, en la humillación que no se nombra, en el aislamiento progresivo, en la amenaza que no deja moratón pero sí miedo. Empieza en el «no te metas» cuando alguien intenta intervenir y en el descrédito sistemático hacia quien denuncia.
Cuando una mujer permanece dos años encerrada por su pareja, no estamos ante un arrebato, sino ante un sistema de dominación sostenido en el tiempo. Cuando un hombre mata a su hija o a su hijo para dañar a su expareja, no es una locura puntual: es violencia vicaria, castigo extremo. Cuando madre e hija aparecen asesinadas en su domicilio, no hablamos de conflicto doméstico, hablamos de poder.
La pregunta no es si hemos avanzado. Claro que hemos avanzado. La pregunta es por qué, cada vez que se avanza, emerge una reacción más ruidosa que intenta convencernos de que ya no hace falta seguir mirando.
Quizá lo inquietante no sea solo la violencia, sino la negación de su raíz. El intento constante de convertir cada asesinato en un hecho aislado, cada secuestro en un caso excepcional, cada crimen en una desgracia privada. No lo son. Son la punta visible de una estructura que todavía enseña a algunos hombres que perder el control es una afrenta intolerable, que la autonomía femenina es una amenaza, que la ruptura no es un derecho sino una traición.
Mientras tanto, se instala una narrativa cómoda: «ya está todo conseguido». Se cuestionan las cifras, se relativiza el problema, se ridiculiza la palabra feminismo. Pero los cuerpos siguen apareciendo.
Quizá la verdadera pregunta no sea si la violencia está en su mejor o peor momento. Quizá la pregunta sea por qué necesitamos convencernos de que no existe para sentirnos tranquilos. Porque lo contrario obliga a incomodarse, a revisar privilegios, a sostener políticas públicas, a educar de otra manera, a escuchar cuando alguien dice «tengo miedo».
No es alarmismo. Es responsabilidad. Cada vez que llamamos «caso aislado» a lo que es patrón, contribuimos al silencio que lo sostiene. Y el silencio, en estos asuntos, nunca ha protegido a nadie.