La amanecida ha entrado en mis pupilas de golpe. Enseguida me percato. De golpe, golpe. Huele a escarcha. Escarcha mezclada con no sé qué. Escarcha y una cuadrilla, la misma de hombres diariamente amistosos. Hombres que por veces cortaban en seco su risa. Hombres que hoy todavía recuerdan.
Y algunas mujeres recordaban a sus ancianas madres, entregadas un poco a la mina y muy mucho a preparar, a atender a los posaderos, a quienes debían atender en sus reducidas casas, yendo a buscar el agua lejos a calderadas. En conversación. Poniendo piezas, remiendos, de diverso color. Algunas mujeres que destacaban por el cultivo a su oficio. Ahí estaban Aurelia, la pescadera con su burro medio flautista dando vueltas por Otero y Fabero; nada distinto hacía Isabel con su carro de madera tirado por, si mal no recuerdo, creo que vacas, repartiendo carbón.
Otras dedicaban su tiempo libre a lavar la ropa a las señoras muy aseñoradas, que eso del agua corriente y las máquinas lavadoras quedaba lejos, bien, bien lejos. Si no que se lo pregunten a Nides la asturiana. El dinero escaseaba, sí. Los tiempos hoy no soy muy diferentes.
¿Y el futuro? ¿Dónde queda el futuro?¿Y el Toro de Ruco? El Toro de Ruco mejor que siga en reposo y posteriormente dejemos que regrese el tiempo de la rosa de Alejandría y una cesta de palabras.
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