Imagen Juan María García Campal

Del superlativo general y Azúa

06/04/2016
 Actualizado a 08/09/2019
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Cada vez veo más claro lo que, en realidad y entre otras cosas, quiso decir el general superlativo al testar que «todo estaba atado y bien atado». Cada vez veo más claras las herencias que, sembradas y bien enraizadas, fructifican en el inconsciente colectivo de cada «una de las dos Españas» machadianas que han de helarnos el corazón. A poco que nos observemos a nosotros mismos o analicemos reacciones ajenas, no nos será difícil comprobar con que facilidad caemos en las mayores intolerancias y cómo nos declaramos poseedores de la única verdad, cuasi dogma, existente con respecto a la más trascendental o nimia cuestión que se trate; cómo florece el conmigo o contra mí. Como si no pasasen los años, a poco que te descuides, o estás en un nido de rojos o en una banda fascista. Y lo peor es la frecuencia con que, desde ambas ópticas, se acude a argumentos tan, en mi opinión, esclavizantes como la tradición, santa o no, y la coherencia, esa «actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan» y que, de habitual, impide la formación de un independiente –no neutral– y personal criterio. Más lamentable es aún la repetición del juicio emanado del líder o de sus voceros de mayor predicamento. De ahí que, en este país, quienes, de siempre, más unanimidades reúnen –eso sí, en su contra– han sido y son los librepensadores.

Así, vemos cómo bastaron unas desafortunadas y, sin acaso, criticables opiniones de Félix de Azúa sobre Ada Colau, para que se le haya abierto una especie de juicio sumarísimo, ya no sobre el rigor de sus opiniones, sino sobre toda su persona y obra, hasta el punto de –en base a las mismas, sí calificables de machistas y de imposible argumentación para alguien como él– pedir su dimisión o expulsión de la RAE, aduciendo, a la par, que cuando un académico habla u opina lo hace como representante de la Academia, tal que perdiera su sencilla condición de ciudadano (y no se vea aquí juego de palabras alguno).

Esas opiniones de Azúa no me parecen respetables, pero sí me lo parece la parte de su obra que conozco y, obviamente, su persona. Lo que no entiendo muy bien es ¿por qué se da por ofendido tanto personal con el término «pescadera»?, ¿no estará en ellos mismos la atribución del supuesto sentido degradante del término? Critíquese a Azúa por sus declaraciones concretas e incluso exíjasele rectificación, pero de ahí a más hay un cierto espíritu inquisidor. ¡Como para mentar vírgenes, vamos! Tengamos voz, no seamos eco, que diría Chapman Cohen.

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