Mas, ¡ay, vanidad! Quebrábanse los albores del día primero y ya éste me sacudió las justas y sabias collejas de «viviendo y aprendiendo» y «la vida sale al encuentro». Apenas coronaba yo la ascensión de la Cuesta de los Chinos, apenas si atisbaba su vergel y mi respiración se acompasaba, cuando, presto a dejar fe de ello, mi teléfono móvil –cámara fotográfica que uso– dio sus últimos pitidos de auxilio: enchúfame otra vez, enchúfame otra vez… y reparé en que ni batería, ni palo –se había quedado durmiendo en la habitación– ni «ná de ná».
¡Ah, conversión! Llegado fue el momento, ante tal azarosa situación, de seguir subiendo el vergel observando sus árboles, su arroyo, sus ojos de agua, sus luces y sus sombras, escuchando sus murmullos y el despertar de los trinos y dado a la reflexión para, así, poder tomar la que tengo por acertada decisión: regresar al gozo de la sencilla contemplación de las bellas cosas. No intentar retener, robarle el alma a cada instante, a la vez que lo acorto, lo abandono o lo interrumpo como en una ansiosa búsqueda de eternizar lo que sé breve, sino atesorar en los propios sentidos todos, en lo más cordial de mi ser, en esa potencia del alma que me hace ser y saberme, la memoria, cada una de las emociones que al paso de la vida me salgan. ¿Y ahora? Ahora, ¡oh, milagro!, me duelen los sentidos de sentir y ser.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.