Imagen Juan María García Campal

Del milagro del palo

03/08/2016
 Actualizado a 12/09/2019
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Si siguiese creyente, le atribuiría el salvador favor al ángel de la guarda, pero, ya descreído hasta de mí mismo, más bien considero que el hecho que tengo por milagro –en su acepción de «suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa»– se debió al propio azar o a mi mala cabeza que, en este concreto caso, se mostró buena, tirando a óptima. La cosa fue que, sabida mi afición a la fotografía y lanzado yo a la modernidad tecnológica, cuando ensoñaba y planificaba mis días de asueto –viajando solo y estando dispuesto a bien nutrir mi memoria– no tuve mejor ocurrencia que dotarme de un buen palo de autofoto o autorretrato fotográfico (también nombrable como palo de ‘selfie’ o ‘selfie stick’, en especial si se pretende enrabietar a los ortodoxos del español entre los que me ubico, salvo error ya cometido u omisión) y albergar la firme intención de recoger y dar testimonio de todas mis pequeñas excursiones (bien tempranas, bien nocturnas; que el calor aconseja quietud lectora o escribidora al buen y sombreado recaudo de fuentes y árboles); vamos, que me cree el propósito de un permanente testimoniar que «Campal estuvo aquí».

Mas, ¡ay, vanidad! Quebrábanse los albores del día primero y ya éste me sacudió las justas y sabias collejas de «viviendo y aprendiendo» y «la vida sale al encuentro». Apenas coronaba yo la ascensión de la Cuesta de los Chinos, apenas si atisbaba su vergel y mi respiración se acompasaba, cuando, presto a dejar fe de ello, mi teléfono móvil –cámara fotográfica que uso– dio sus últimos pitidos de auxilio: enchúfame otra vez, enchúfame otra vez… y reparé en que ni batería, ni palo –se había quedado durmiendo en la habitación– ni «ná de ná».

¡Ah, conversión! Llegado fue el momento, ante tal azarosa situación, de seguir subiendo el vergel observando sus árboles, su arroyo, sus ojos de agua, sus luces y sus sombras, escuchando sus murmullos y el despertar de los trinos y dado a la reflexión para, así, poder tomar la que tengo por acertada decisión: regresar al gozo de la sencilla contemplación de las bellas cosas. No intentar retener, robarle el alma a cada instante, a la vez que lo acorto, lo abandono o lo interrumpo como en una ansiosa búsqueda de eternizar lo que sé breve, sino atesorar en los propios sentidos todos, en lo más cordial de mi ser, en esa potencia del alma que me hace ser y saberme, la memoria, cada una de las emociones que al paso de la vida me salgan. ¿Y ahora? Ahora, ¡oh, milagro!, me duelen los sentidos de sentir y ser.

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