Que como el término minero ‘güinche’, cabrestante, procede del inglés ‘winch’ y fue llegado de la mano de los técnicos británicos que pusieron en marcha gran parte de los ingenios mineros de Asturias y León, el origen etimológico de la primera acepción de la palabra ‘guaje’ –niño, muchacho, utilizada en ambas provincias- contra la real académica fijación que lo sitúa en el náhauti ‘uaxin’, válido para las otras cuatro acepciones, es más bien el que mantiene el filólogo y escritor Armando Murias, el verbo inglés ‘wash’, lavar con agua, y su sustantivación ‘washer’, el que lava; lo ha venido a reforzar el guaje de Carolina Bescansa con su –nada novedosa– lavativa presencia en el hemiciclo del Congreso de los Diputados en su constitución como XI Legislatura de España. ¡Dios suyo! ¡Qué ociosidad de país! Fue entrar el guaje en la casa del pueblo, de su soberanía, que dicen –normalmente con voz engolada– cuando se ponen estupendos ellos, y salir a relucir, mejor, y ponerse de manifiesto la mugre ideológica de parte de mis –uy, perdón, que estas sí que no son mías– sus señorías. Ya no digamos con las rastas del diputado Alberto Rodríguez, Currela para los ‘twitteros’. Todavía debe de haber algún colega de hemiciclo alucinando en colorines. ¿Pero de verdad es para tanto alboroto; tormenta política que calificó algún periódico de vocación mundial? ¿Tan poca imaginación o mucho prejuicio tienen como para no poder o querer –¡qué importante la voluntad!– entender que el uno no es más que un gesto reivindicativo de muchas mujeres –y más de madres solteras– y lo otro no es sino el ejercicio individual de la soberanía personal? ¿Nadie recordó y más en determinados escaños que las apariencias engañaron, dicen, incluso al presidente Rajoy y su cohorte popular más distinguida? ¿No son los que afirman que durante años, por largo y tendido y sepia, les engañó un señor muy enseñoreado? ¿Pero aún, lo que es peor, juzgan a las personas por las apariencias?
Lo curioso que tienen estos vociferantes e hipócritas reaccionarios en cuestiones sociales es que, después, son más bien discretamente acomodaticios. Similar ruido hicieron con la ley del divorcio y luego… Más aún con las distintas leyes del aborto y eran quienes, pudientes, más sabían de viajes relámpago a Londres… Qué decir de su vocerío con el matrimonio homosexual… hasta que los invitaron a la primera boda de su propio copete.
Dejo pendiente mi defensa de la corbata y la pajarita, que, ¡ay!, prejuicios veo por todas partes.
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