Ciertamente en el universo impera la diferencia, por minúscula o atómica que sea y esta diferencia, en nada repetido, nada igual, nada lo mismo, reside la inconcebible riqueza de este continuo espacio temporal en el que se expanden galaxias, nacen y explotan soles y estrellas, atraviesan fugaces los cometas y giran en sus órbitas los planetas.
La igualdad sólo la concibo deseable, como igualdad de derechos, como ante la Ley iguales, siendo como somos todos y cada uno diferentes, únicos e irrepetibles. Igualdad no como un derecho, más bien comprendida como condición de posibilidad que nos permita ser libres a todos. Siendo la libertad el primero y último de los derechos, razón de ser de los demás.
Igualdad pervertida, confundida con uniformidad en las cabezas de tantos políticos. Uniformar inteligencias y voluntades, todos iguales. Así será más fácil gobernar, conducir cada tarde el rebaño a la majada, sin protestas ni altercados, sin rebeliones ni revoluciones.
La diferencia es el gran miedo para un político mediocre. No escatiman ningún medio para acabar con ella, tanto la temen que hasta utilizan el urbanismo en las ciudades para aniquilarla. Por eso entiendo el pavor que pueda provocarles la Plaza del Grano de León, su empedrado libérrimo, su bella imperfección, que reta a los niveles y a las líneas rectas. Una plaza, la del Grano, única y diferente, y por esta razón, escandalosa para las mentes cuadriculadas. Por eso quieren acabar con ella, convertirla en una plaza más, una más de las que se repiten por centenares en todas las ciudades.
Este jueves a las 20:00 habrá una manifestación para defender la diferencia.
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