Lo ha dicho Netanyahu, obediente a los dictados de sus judíos ultraortodoxos: Ya siempre estaré con el dedo en el gatillo. Y lo está. Intentando destruir a todo aquel que apoye a la organización Hezbolá la cual tiene como misión en esta vida destruir al estado judío.
Pero a él se ha unido el Loco de la Colina, ese ser intratable que se cree el rey del mambo y que echa escupitajos cada vez que abre la boca, y que gobierna el país más poderoso del mundo y con un ejército y armamento capaces de amenazar con borrar del mapa a toda una civilización en una sola noche.
Y todo ello ocurre mientras cuatro seres humanos viajan al espacio durante cuatro días, dan la vuelta alrededor de la luna, y regresan a la tierra en otros cuatro días. Y eso lo hace una ‘humanidad’ que, por otro lado se muestra incapaz de detener desmanes terribles como los perpetrados por estos individuos, y por otros como el ruso Putín.
Las tierras ricas y el petróleo parecen más interesantes que el espacio infinito. Y ni siquiera la blanca primavera que estos días cubre el campo y los caminos, nos ayudan a olvidar estos desastres y disfrutar de una paz tan poco valorada a veces que más pareciera interesarnos los tristes ademanes de nuestros rastreros políticos, que tratar de obligar al mundo a comportarse como es debido. Es decir, a obligar a estos cazadores furtivos a que quiten ya el dedo del gatillo.
Tiene que haber algo o alguien, un Dios, o varios dioses juntos, que impongan de una vez en los humanos la razón como único principio y que el castigo inmediato a quienes infrinjan este precepto sea su desaparición fulminante.
Porque los sabios no han podido. Los poetas tampoco. Los sacerdotes se han perdido en sus propios ritos. La naturaleza, la única que va por buen camino, es la única que continúa sus ciclos como si tal cosa, y cuando toca nevar nieva, y cuando toca llover encharca los caminos. Ahora toca blanquear los bordes de los mismos, tiñendo los arbustos y los arboles tempranos de ese suave blancura que nos hace sortear desastres y más desastres, viendo en lo blanco la salvación del mundo.
Señores Putin, Netanyagu, Trump: ¿Quienes se creen ustedes que son? ¿Es que nos os dice nada esta blancura? Pues acuérdense que, no tardando, el mundo les someterá a ustedes también al blanco juicio de la muerte. Respeten las vidas ajenas, que son, al menos, tan valiosas como las suyas. Blanca primavera: No te vayas nunca..