Desde que el enviado especial de EE UU para Oriente Medio, Steve Weitekamp –encargado de gestionar las negociaciones entre Hamás e Israel en colaboración con Egipto y Catar– anunció el colapso inesperado de los últimos entendimientos y el fracaso de los esfuerzos para alcanzar una tregua en la Franja de Gaza, el panorama ha cambiado drásticamente. Las expectativas optimistas de una inminente tregua con garantías estadounidenses se transformaron en un escenario más sombrío, dominado por declaraciones israelíes que hablan abiertamente de una ocupación total del enclave bajo el pretexto de «eliminar a Hamás» y «liberar a los rehenes restantes por la fuerza».
De hecho, el gabinete de seguridad israelí (el gabinete reducido) aprobó una decisión para invadir lo que queda del territorio. Sin embargo, en los últimos días, las declaraciones israelíes han oscilado entre dos opciones: una ocupación total e inmediata de toda la Franja de Gaza, o comenzar con la invasión de la ciudad de Gaza y la gobernación del norte como primera etapa, con el objetivo de aumentar la presión sobre Hamás en el expediente de los prisioneros, ampliando luego la operación hacia la zona central densamente poblada, tras la destrucción casi total de las regiones sur y norte del enclave.
Cabe destacar que el ejército israelí actualmente controla alrededor del 80 % de la superficie de Gaza, y mantiene cercados a cientos de miles de civiles en una estrecha franja al sur, como parte de un plan para empujarlos eventualmente hacia lo que Israel denomina la «zona humanitaria», con vistas a su desplazamiento fuera del territorio.
Estas políticas agresivas se producen en paralelo con una intensificación sin precedentes del bombardeo diario, un aumento en el número de víctimas civiles, y el agravamiento de una hambruna que Israel intenta ocultar mediante la introducción limitada y engañosa de ayuda, después de que imágenes de niños muriendo de hambre provocaran una ola creciente de indignación internacional contra el Estado hebreo.
A pesar del apoyo político y militar oficial con el que cuenta el gobierno israelí, algunas voces dentro de Israel –especialmente desde la oposición– advierten sobre los riesgos de adentrarse en zonas densamente pobladas, dada la alta probabilidad de bajas entre las filas del ejército y el posible asesinato de rehenes en lugar de su liberación. Por otro lado, el liderazgo político y militar insiste en que la única vía para lograr una «victoria absoluta» sobre Hamás es mediante una operación militar ampliada que logre desarmarla por la fuerza, objetivo cuya imposición llevó al colapso de las recientes negociaciones.
Lo que se presenta públicamente oculta detrás años de planificación coordinada entre Estados Unidos e Israel para ocupar Gaza y apoderarse de sus vastos recursos naturales, especialmente los campos de gas en sus aguas territoriales. Los campos ‘Marine 1 y 2 contienen reservas estimadas en 1.4 billones de pies cúbicos de gas, mientras que el campo ‘Noa’, que fue recientemente tomado por Israel, posee unas reservas de aproximadamente 3 billones de pies cúbicos.
En este contexto, Gaza aparece como un objetivo económico compartido entre Israel y EE UU, que buscan convertirla en la «Riviera del Medio Oriente» mediante el desarme y desplazamiento de su población, como se mencionó en el llamado «acuerdo del siglo» presentado por el expresidente Donald Trump en 2018.
En medio de masacres diarias y una destrucción generalizada, Israel acelera sus preparativos para lanzar en cualquier momento una operación terrestre de gran envergadura, como parte de un plan para hacer de Gaza un lugar inhabitable, obligando así a su población a renunciar, voluntaria o forzadamente, a la idea de permanecer y resistir. Todo esto sucede mientras el mundo permanece absorto en sus propias prioridades, al margen de una guerra genocida que se prolonga desde hace casi dos años, sin una intervención internacional seria que pueda poner fin a este crimen continuo contra civiles asediados por tierra, mar y aire, que mueren cada instante por bombardeos o por hambre.
Ramzi Albayrouti es un periodista palestino refugiado en León