Nos enseñaron que decir «no» era ser egoísta, maleducada o ingrata. Que lo correcto era aceptar, agradar, no incomodar. Muchas mujeres crecimos entrenadas para decir que sí incluso cuando algo nos dolía, nos cansaba o nos hacía sentir pequeñas.
Pero cada «sí» impuesto deja huella. Aceptar lo que no queremos es, poco a poco, una forma de negarnos a nosotras mismas. Y lo que parece un gesto de amabilidad hacia fuera se convierte en una herida hacia dentro.
Decir «no» es un acto de amor propio. Es reconocer nuestros límites, ponerlos en palabras y defenderlos. Es entender que nuestra energía, nuestro tiempo y nuestro cuerpo no son infinitos ni están siempre disponibles para otros. Que no somos peores hijas, peores madres, peores amigas o peores compañeras por necesitar espacio, descanso o silencio.
En el mundo rural, todavía resuena el eco de generaciones que vivieron al servicio de los demás: la mujer que se levantaba antes que nadie y se acostaba la última, la que nunca dijo que estaba cansada porque «había que tirar para adelante».
Honrar esas genealogías también pasa por no repetir su condena. Por atrevernos a ser la primera generación que diga «hasta aquí» sin sentir vergüenza.
Decir «no» no significa cerrar puertas. Al contrario: significa abrir la puerta a un «sí» verdadero, elegido, que nace de la libertad y no de la obligación. Significa cuidarnos para poder cuidar mejor. Significa mirarnos con respeto y enseñar a quienes vienen detrás que su voz vale.
El feminismo también es esto: aprender a decir «no» para poder decir «sí» a la vida que queremos. Porque amar a los demás sin dejarnos fuera no es egoísmo: es dignidad.