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Decimos Holanda y no Países Bajos

Periodista
17/06/2026
 Actualizado a 17/06/2026
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A menudo se cae en el error de pensar que el fútbol, a diferencia de lo que pueda ocurrir con la literatura, el cine o la música, requiere en ciertos contextos de una justificación intelectual. Una presunta incompatibilidad de un opio como otro cualquiera con inquietudes culturales elevadas que se desacreditaría a sí misma aunque solo fuese por la innegable relevancia social del deporte rey. Por tanto, no veo impedimento alguno en llenar por una vez este hueco del periódico con contenidos futbolísticos. Más si cabe en el comienzo del Mundial, evento que siempre trasciende a los aficionados habituales para abrazar, aún más, a las masas.

El fútbol también es rutina y, como tal, puede resultar aburrida: el campeón de otra Liga, el fichaje del siglo en cada verano, la jugada polémica de turno... Aunque solo sea por el hecho de ser cada cuatro años, de no estar siempre y como casi todo a nuestra disposición, la Copa del Mundo rompe con ese mamoneo, con la prostitución creciente de los clubes. Así, con permiso de Sacchi y Valdano, el Mundial sería lo más importante dentro de «lo más importante de las cosas menos importantes».

Habrá que ver cómo sale el campeonato del experimento al que se verá sometido, con más partidos intrascendentes como los de estos días solo por negocio; pero lo cierto es que, una vez más, el Mundial llega cargado de alicientes para quienes acostumbramos a ver a once tipos en pantalones cortos detrás de una pelota y para los que decimos Holanda y no Países Bajos. Unas expectativas que, de una manera o de otra, el torneo de los torneos siempre termina por cubrir y recubrir con cierto halo mítico.

Ahí está un Pelé menor de edad marcando dos goles en una final, la mano de Maradona vengando la derrota de su patria en las Malvinas o un pulpo prediciendo partido tras partido que España pasaría de cuartos para ser, de una vez por todas, campeona del mundo. La Alemania de Kroos metiendo siete a Brasil, Modrić y su aldea croata colgándose plata y bronce, la irrepetible finalísima de Messi y Mbappé en Catar… Explicar lo inexplicable con la única alegría inglesa gracias a un tanto que nunca entró o con que los descomunales talentos de Baggio o Zidane se reduzcan a un penalti mal tirado o a un cabezazo en el pecho de un gigante italiano. Casi todo lo que se recuerda en este desmemoriado deporte ha pasado en un Mundial.

Tal vez esta Copa del Mundo que acaba de comenzar sea recordada por la segunda estrella en la camiseta española tras el ‘gatillazo caboverdiano’, porque a Cristiano Ronaldo le llegue su momento ya de cuarentón o, simplemente, porque todos aprendamos a ubicar a Curazao en un mapa. Lo único claro es que volverá a desatar pasiones, a provocar afonías y a regresar a nuestras rutinas dentro de cuatro largos años. Por el medio, la vida… que, como todo buen futbolero sabe, es lo que pasa entre Mundial y Mundial.
 

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