Pero… si parece que acaba de empezar el año y estamos en verano. Es charla habitual a partir de cierta edad que quizá coincide con el salto de jóvenes a adultos, y con ese paso desde pensar sólo en el presente hasta dejarnos atrapar por la nostalgia, cuando el tiempo veloz genera tanta angustia. En breve cambiará la ropa del armario y del escaparate, calzaremos ruedas de invierno al coche… Un sinvivir. ¿Y es así, el reloj vuela, el mundo gira más deprisa? Pues no, el tiempo es el mismo que en la juventud, la percepción es distinta.
Lo que sí va mucho más rápido es la historia, los acontecimientos no se suceden, se solapan, se anulan casi unos a otros. Vean las noticias. Ya nadie habla del flamante Papa León XIV porque lo eclipsó el ‘pa panamericano oxidado’ Trump; a los cuatro días del ascenso no había Cultu porque tocaba el Oviedo o la Ponfe o el culebrón Nico; nadie se acuerda del ‘probe’ coronel tapioca Zelenski porque llegó creando tendencia el imán Jamenei; y dentro de poco no se escribirá del tal Koldo porque los populares tendrán un figura similar en sus filas, cuyo nombre todavía no conocemos pero su aparición próxima es prácticamente segura: están a cinco diputados de tener su propio protagonista corrupto. Al tiempo. La certeza de lo muy probable funciona así.
Tenemos una gran ventaja, hoy no hay que pensar en el futuro ni imaginar lo que vendrá, porque ya ha llegado, siempre nos alcanza por adelantado. En otro sentido, lo advertía el verso de Valéry: «El futuro ya no es lo que era». No hace falta vislumbrar la etapa postsánchez: los que van a heredar su cargo ya están aquí cerca, a las puertas. Incluso tienen urgencia, son impacientes (que sí, que vais a llegar, aunque hoy no… mañaaana). Lo llamamos alternancia cuando deberíamos decir futuro programado. Vienen los elegidos. Todo está previsto, de alguna manera; como mucho, falta saber el momento exacto. Será un día negro negrísimo pero que algunos, yo mismo incluso, tenemos casi ganas de que llegue y comiencen a ejercer su autoridad y muchos desmemoriados sepan lo que es bueno cuando pierdan sus conquistas socioculturales, sus derechos laborales; o cuando les cueste un ojo de la cara curar sus dolencias y otro educar a sus hijos; les quedará un tercer ojo: en ese sí les hará gracia lo que han votado. Que vuelvan de nuevo los muy deseados y que tantos, tantos pardillos jóvenes que recién han salido de la cáscara para acceder al mundo (laboral y cotizante, financiero e inmobiliario) sepan verdaderamente lo que es adorar a dios en tierra de infieles.
Acaba lo malo según ellos; llegará muy rápido lo peor. Entonces sí que podremos repetir el solemne «decíamos ayer» como si nada hubiese ocurrido, pues hace un suspiro que pasó lo mismo con M punto. Así las cosas, abandonemos las prisas, controlemos nuestros nervios. Cuando le apuraban mucho al alcalde octogenario de un municipio leonés, soltero empedernido, decía siempre «para casar joven ya es tarde y para hacerlo tarde es pronto todavía». Esa es la actitud, señores. Ante todo, mucha calma.