Gracias a él, a su mando, a sus decisiones... un tipo bosteza en la cuarta fila, otros tuercen el gesto en el lado opuesto; arriba del todo, alguien ojea un periódico deportivo. Que no pedimos nada prestado, clama. Aquellos miles de milloncejos para los bancos desvalijados serían confeti puro; la deuda soberana, una traca disparada, zacapún. Que los saqueos de lo público son caloret, el caloret faller, ya se sabe. Mucho humo y poca leña. Que la culpa es de otros, de los otros, la herencia y la indecencia, y tal y tal. El tipo, gélido por definición –¿soso?– se irrita cuando responde, como si no le creyeran, oye. Y tú más, y tú más, y tú más, rompe contra el graderío como olas del mar. Porque gracias a ellos amainará el caloret del foc y la flama, dejando solo el chispear de los bomberos a su paso. Para bomberos, ellos. La bomba, oye.
Los pobres, los enfermos, los parados, los indignados y los ofendidos, los defraudados y los burlados pueden tomarse un relaxing cup, por qué no, e ir a votar a los mismos tipos, porque, a partir justamente de ahora (de ahora, oigan bien), habrá trabajo, médicos, profesores, hasta bomberos habrá... y es que empieza ¡tacháaaaan! el caloret de l’ilusió. El caloret de la festa. Porque ja estem en falles. La plantá ha comenzado, el cartón piedra ocupa calles y mentideros. Hasta la nit del foc. Patético el caloret.
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