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De mi estío

21/06/2018
 Actualizado a 15/09/2019
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Ya es verano, incluso si leen este periódico antes de las 12:07 en que oficialmente cambiamos de estación. Es verano desde la primera noche que se alarga en el jardín, cuando las conversaciones de ascensor empiezan preguntando por las vacaciones, cuando los ríos de todo un año van a desembocar en el mar. El verano es un estado psicológico, que atiende poco al calendario, y que florece en cada uno una mañana distinta. Un lugar para vivir durante unos meses, meses eternos en la infancia, largos en la juventud y que se van apretando con los años hasta convertirse en pequeños paréntesis de felicidad exigua que nos reconcilian con el sentido de nuestra cotidiana existencia.

Mi verano empezó esta semana. Viendo vaciarse de invierno una piscina, llenando el jardín de las flores que irán marcando cuánto nos queda de estío, en la penumbra donde nos volvió a sobrevolar una pareja de lechuzas. «Todo se resume en un verano» dice siempre mi amigo Guillermo sobre esta estación que ofrece todo lo que te robará cuando termine septiembre, incluso el amor, tantas veces. Un verano es un sueño a duermevela. También para los pueblos que están ya desperezándose de soledad para recibir a sus paisanos ausentes, volviéndose a engañar con que regresan para no marchar. Las ventanas de las viejas casas se entreabren con esa mirada de abuelo cuando los nietos se bajan del coche mientras los padres descargan las maletas. Con esa mirada cálida que abraza tan fuerte que prometes que esta vez no te irás jamás, pero te irás siempre. Las macetas más bonitas que nunca, el olor a infancia del zaguán y la plaza que muda por murmullos el silencio. Y las risas de los niños con sus juegos por las calles que asustan a los gatos pequeños: «¿niños, qué será eso?».

A los pueblos los queremos en verano porque están muertos, y España es como Ruano que «los muertos se le dan como nadie». Lo está comprobando estos días el cadáver político de Rajoy según contaba en una entrevista el candidato Margallo a presidir el PP. Decía el exministro que le había confesado Mariano, el registrador, que estaba realmente sorprendido por el cariño que le daban ahora militantes y rivales, ciudadanos y compañeros de partido. Tanto, bromeaba, que «estoy pensando en presentarme al Congreso Extraordinario». Para completar el festival, apostillaba Margallo. Porque para Mariano ya es verano, pero todavía no para el PP y no lo será al menos hasta el 22 de julio, cuando termine la guerra total de las dos Españas, la de Cospedal y la de Soraya, y vencedores y vencidos cierren en falso las heridas para que vuelvan a pudrirse partido adentro. Solo llegar al poder desinfecta unas primarias, y si no miren al PSOE. Este verano se une el culebrón del PP al habitual de Cristiano. Mientras Pedro Sánchez en La Moncloa corre por las mañanas y no anda rápido como Rajoy, simbología política, que hay prisa con la legislatura mediada y con la confirmación en ‘prime time’ de que ha hecho la mudanza para intentar gobernar hasta 2020, que lo de convocar elecciones era por los votos... para derribar a aquellos corruptos.

Pero ya es verano, y solo importa ir sacando del trastero las maletas y renovando bañadores. Que en los pueblos, y en la playa, la brisa más suave no deja oír aquello que el resto del año llamamos política. Allí solo llegan los goles de la Selección Española, que hay Mundial. Eso sí que marca un verano.
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