Continuamente la vida, con sus mejores y peores cosas, nos brinda oportunidades de varia transformación personal, de corregir la ejecución de la permanente obra que es nuestra propia construcción como seres humanos; de liberarnos de esa mezquina esclavitud que, con grandilocuencia y autoengaño, llamamos coherencia (¿de ser los primates coherentes, estaríamos aún en los árboles?) –¡Ah, cuánta libertad acoge y promueve la contradicción, la rebeldía!–; de abandonar esa absurda y penosa necedad –que, por fortuna, no asumió la primera bacteria del alba– de darse por hecho, negándose como humano, al afirmar: yo soy así. No somos, estamos. La vida es un proceso que va mucho más allá de ella misma, que sobrepasa nuestra propia vivencia; de ahí que el cómo vivirla no deba ser algo estático, inmodificable, sino que debe ser y estar abierto a lo que, cada día, ella nos aporta con experiencias, con enseñanzas con las que ir mejorando nuestro estar y ser en ella. Y tan sólo es cuestión de prestarle mayor atención, tal que haríamos con el más apasionado de los romances. Romance, sí, pues por más longevos que nos soñemos, pasajera será nuestra relación con ella.
Sólo tenemos cinco sentidos para percibir todo lo que nos procura y, sin embargo, con qué cauto regusto censor hablamos de la sensualidad, de la voluptuosidad necesaria –cuánto más que otras muchas cosas– para un mejor, más consciente y gozoso vivir. Los días, los sentidos, el ser y estar.
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