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‘De colores...’: unas notas sobre el Carnaval leonés

11/02/2026
 Actualizado a 11/02/2026
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Sería de un gran interés realizar, hoy, una documentación de conjunto sobre las manifestaciones carnavalescas vivas en el mundo rural leonés. Nada que ver con el Carnaval urbano, marcados por desfiles y músicas atronadoras de ayer tarde, sin arraigo alguno en la tradición antigua; una tradición, la carnavalesca, que, en el sentido en que se ha celebrado en Europa, y también en nuestro país, tiene su raíz en los tiempos medievales.

Hemos recogido, a lo largo de años, tradiciones carnavalescas en León que ya se hallan perdidas. Y, a través de toda nuestra indagación, hemos percibido con claridad cómo las distintas manifestaciones rituales del Carnaval tienen que ver con una dramatización para lograr salir de la muerte y letargo del invierno, en que se halla el ciclo de la vida, y provocar un despertar de regeneración de la vida vegetal, así como de propiciar la fecundidad animal y humana.

En su momento –y lo tenemos publicado en varios libros y artículos–, recogimos en Villamondrín, en la margen izquierda del Esla y dentro de la comarca de Rueda, un ritual grotesco del matrimonio del cereal, a través de dos peleles que elaboraban los mozos: Mari-Trigos y Juan-Centeno, llamados también Serofia y Serofio, y que, desde el monte, con un carro de laña y sobre tal carro, llevaban los mozos a la plaza del pueblo, la tarde del Carnaval, para realizar allí, ante todo el pueblo, una boda o matrimonio del cereal. Rito antiguo, documentado de diversos modos en distintas partes de Europa y del que se hace eco J. G. Frazer, en ese libro erudito, profundo y hermoso que es ‘La rama dorada’.

A nosotros, nos relataba tal rito una anciana de Villamondrín, Lorenza, fallecida hace años, cuando tal matrimonio del cereal se había perdido ya en su aldea. Pero otra manifestación carnavalesca sobre el cereal, también perdida, aunque luego recuperada por los vecinos, la recogíamos en Paradilla de la Sobarriba. Se trata del rito conocido como ‘La Pajarona’, que documentamos y sobre el que dimos cuenta en nuestro libro ‘Teatro popular’ (2009).

El Carnaval marca también en la provincia de León una frontera geográfica y antropológica muy sutil, entre el León húmedo y atlántico si se quiere, al norte, con la presencia de unos disfraces como son los de los ‘guirrios’ (que reciben también otros nombres), frente el León más meseteño, seco y cerealístico, al sur, en el que ya aparecen las tauromaquias grotescas de Carnaval, con distintas modalidades y nombres.

Hoy, los Carnavales leoneses más publicitado son los de Velilla de la Reina y de Llamas de la Ribera. Sus disfraces son muy vistosos; en cada uno de los pueblos, las distintas figuras, con sus capirotes cónicos tan elevados y encintados, rematados en Velilla por un círculo solar y polícromo en lo alto (muy simbólico), tienen un rasgo común: la proliferación de cintas, formando policromías vivas y luminosas.

Estos colores son, en el fondo, elementos simbólicos y propiciatorios del despertar primaveral, de ese resurgimiento del mundo natural, que se espera y que se quiere acelerar, porque es –y esto es lo que se busca– el resurgimiento de la vida; en ese continuo ciclo estacional que toda Europa y todo el Mediterráneo vienen celebrando desde antiguo, sujeto a los ritmos de muerte y resurrección.

Emiliano Blanco –animador del Carnaval de su pueblo y propiciador de unas jornadas de estudio sobre el Carnaval, a cuyo primer ciclo fui invitado– me envía el cartel carnavalesco de su pueblo: «14 y 15 de febrero de 2026 / Antruejo / Velilla de la Reina (León)». Es un cartel muy bien trazado y destaca en él esa algarabía de colores vivos que está tratando de que se despierte el nuevo ciclo de la vida.

‘De colores, se visten los campos en la primavera…’ De colores se viste el Carnaval leonés. Porque necesitamos siempre sostener la vida, para sostenernos nosotros en ella.

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