León se devora a sí mismo. Las fauces no son animales, sino humanas. La zona aledaña a la Catedral de León se ha llenado de indigentes e inadaptados. Mi tío Tomás los llama «Vagamundos», y aunque parezca una errata inconsciente, la realidad es que su único destino lo marca el criterio mundano con el que habitan. A veces la solidaridad, o cierto buenismo que calma conciencias, no permite juzgar la situación de las gentes urbanas. Los indigentes están empadronados en su propia ciudad sin ley y cantan un himno cuya letra solo conocen ellos.
Siempre que voy a misa, me topo en la puerta de la parroquia con un vagabundo. Lo saludo e incluso hablo con él. Todo cambió cuando una tarde vi que estaba ebrio, insultando a los viandantes y maltratando a su novia, necesitada de amor y de techo. La mendicidad es endogámica. Aquellos que lo han perdido todo buscan calmar su precariedad con el consuelo romántico de amar y hacer lo que quieran. La Catedral es testigo de las historias de amor materialista entre indigentes, dandis que se amoldan unos a otros acuñando la identidad auténtica de los solteros. En esa comunidad particular, los vecinos son intrusos en tierra hostil. En el ambiente que rodea al monumento se levantan ídolos paganos rindiendo tributo con sexo en lugares públicos, bebidas espirituosas y drogas.
Mientras tanto, surgen en las cuadrillas vecinales sentimientos revolucionarios, dispuestos a desplegar patrullas con las que establecer el orden en una catedral que se ha convertido en un templo de la jungla, en la ciudad de las almas salvajes. Las manadas asilvestradas se aprovechan de la solidaridad comunitaria para andar a sus anchas, inoculando el terror a su paso y convirtiendo una escena paradigmática del gótico en una imagen lúgubre.
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